• Ernesto Murguía

El guardaparque

Actualizado: 12 de ago de 2017


Mis abuelos vivían en avenida Porfirio Díaz, a un costado del Parque Hundido. Desde que recuerdo siempre fue igual: los sábados por la mañana mi papá nos llevaba temprano a su casa y pasábamos el día con ellos. En lo que mi hermana acompañaba a la abuela al mercado y a la iglesia, mi abuelo y yo nos entreteníamos jugando futbol en el parque. Entonces tenía once años y soñaba convertirme en el mejor goleador del mundo. Nunca había escuchado nada relacionado con el guardaparque. Tampoco pensaba que unos meses más tarde mi hermana sería violada detrás del Audiorama. De niño uno nunca imagina ese tipo de cosas.


La primera vez que vi al señor Orozco fue una tarde en que mi abuelo yo estábamos frente a la televisión, descansando después de una cascarita en el parque. Mi abuelo aprovechaba la ausencia de la abuela para beberse una cuba de Viejo Vergel. Ella y mi hermana habían ido al centro a buscar telas para el vestido de quince años de María. Y aunque mi hermana acababa de cumplir los catorce, la abuela era una mujer a la que no le gustaban las carreras.


Se escucharon unos golpes en la puerta y mi abuelo se levantó a ver quién era. Y ahí estaba Orozco, con su suéter vino y la barba sucia colgando sobre su pecho. Le preguntó si por fin se había decidido. Mi abuelo respondió que estaba harto de sus tonterías y no quería saber nada de él.


—Si regresas, pinche Orozco…


Mi abuelo se detuvo cuando se dio cuenta de que yo lo observaba. Hasta ese momento nunca le había escuchado decir una grosería.


Orozco no pareció ofenderse. Miró al abuelo con tristeza.


—Espero que no te arrepientas —dijo.


Mi abuelo cerró la puerta y regresó a la sala como si nada. Tenía la arruga de la frente hundida y las venas de las sienes a punto de reventarse. Era la misma expresión que ponía cuando mi papá llegaba crudo y mal rasurado a dejarnos antes de seguir la borrachera del fin de semana. Aunque mis ojos debían ser dos grandes signos de interrogación, el abuelo no comentó nada. «¿Cómo va el partido?», fue todo lo que dijo. Se pasó callado y pensativo el resto de la tarde.


Cuando íbamos de regreso a la casa (a nuestra verdadera casa: un departamento en la Narvarte) le conté a mi hermana lo que había pasado: el barbón de suéter y cómo mi abuelo se había enojado con él. Resultó que María también lo conocía. La abuela se lo había encontrado dos o tres veces saliendo del parque.


—«Nunca te le acerques, mi hijita —dijo imitando a la abuela—. Ese señor es el demonio».


Pasaron varias semanas y no volví a pensar en Orozco hasta que mi abuelo comenzó con un dolor en la espalda. «Me torcí cargando a tu abuela», decía, aunque al final resultó ser un poco más grave: cáncer en los huesos. La enfermedad lo mandó a la tumba dos años después, aunque en realidad mi abuelo murió el día en que Los Rojos hicieron su aparición en nuestras vidas y barrieron de golpe con todo lo bueno que teníamos.


Eran tres y uno podía verlos paseándose a sus anchas por el parque, como si fueran sus dueños. Tenían los brazos llenos de tatuajes y el copete pintado de rojo. («Igualitos al Pájaro Carpintero», me explicó el abuelo). Los vecinos decían que eran una banda de asaltantes y marihuanos; por más que se quejaron, la policía no hizo nada. Y allí andaban, botella de cerveza en mano, molestando a las personas que visitaban el parque.


Como mi abuelo no podía salir, pasábamos las tardes viendo la tele. Él aprovechaba para platicarme cuando el Cruz Azul fue bicampeón, del autogol de Miguel Marín y la vez en que conoció a Fernando Bustos. También me contó sobre los orígenes del Parque Hundido: antes de que se convirtiera en parque, toda la colonia era una gran fábrica de ladrillos. Hacían hoyos en el piso, unos junto a otros, a manera de hornos.


—Por eso está hundido. Con tanto agujero que hicieron es un milagro que no llegaran hasta el mismísimo infierno.


—¿Y la gente cómo vivía? —pregunté. En mi mente se había formado una imagen absurda: ahí estaban el reloj de flores, las cabezas olmecas, todos llenos de agujeros y la gente asomándose de ellos, como ratones saliendo de sus cuevas.


—Era de lo peor. Estaba lleno de prostitutas y piqueras.


—Ya te escuché, Cayetano —interrumpió la abuela, señalándolo con su dedo artrítico—. Y ya sabes que no me gusta que le platiques esas cosas a Luisito.


El abuelo volteó a verme y encogió los hombros como diciendo: «ni modo, ya será para la próxima.» Pero nunca hubo una próxima, al menos en lo que a historias y tardes de plática se refiere.


A mi hermana la atacaron una semana más tarde.


Esa misma mañana, antes de que María y la abuela salieran a su recorrido sabatino por el centro de la ciudad, mi abuelo me mandó a comprar unos cigarros y un cuartito de Viejo Vergel. Entonces la prohibición de venta a menores no existía, y la espalda de mi abuelo no estaba para paseos. De camino a la tienda de don Jorge me encontré a Orozco de pie en la banqueta, con la mirada fija en el Parque Hundido. Pensé que no me había visto; cuando pasé frente a él, me agarró del hombro.


—Tenemos que estar unidos. —Asustado, intenté apartarme. Me oprimió con fuerza—.

Recuérdaselo a tu abuelo antes de que sea tarde.


Sus barbas se habían convertido en ramas secas y pedazos de raíces; sus dientes estaban hechos de pedacitos de madera unidos a las encías por musgo podrido.


Como pude, me zafé y salí corriendo. Compré las cosas del abuelo y de regreso di vuelta por

Eugenio Salazar. Lo menos que quería era toparme de nuevo con el señor Orozco. Mi abuelo preguntó por qué había tardado tanto. Temí que no iba a creerme si se le contaba, así que mentí diciendo que me quedé un rato jugando con el hijo de la señora Clara. Apenas había empezado el partido cuando llamaron a la puerta. Pensé que se trataba de Orozco, con sus barbas enramadas y sus dientes de madera. Se trataba de dos policías. Resultó que María y mi abuela venían de vuelta a la casa cuando unos tipos salieron del Parque Hundido y las jalaron hasta detrás del Audiorama. El fin de semana hay gente corriendo, padres de familia jugando con sus hijos, enamorados besándose en bancas apartadas. Incluso el Audiorama tiene eventos, conciertos y cosas por el estilo. Nadie pareció darse cuenta. A mi abuela le hicieron trocitos el cráneo con un bat de béisbol y pasó en coma sus últimos doce días. Y María… Solo puedo decir que después del ataque y las dos operaciones para reconstruirle la mandíbula, nunca volvió a ser la misma.


—Nadie hizo nada para evitarlo.


Aunque entre terapias y doctores las visitas de los sábados se espaciaron, a menudo escuché a mi abuelo murmurando esas palabras, como si con ellas intentara explicarse lo que había sucedido. Para entonces la «copita» de Viejo Vergel se había convertido en una botella al día.


Creo que mi abuelo lo tenía planeado todo desde antes, y esperó la muerte de mi abuela para vengarse. Con lo religiosa que era ella, nunca hubiera aprobado sus planes. Cuando terminaron los Rosarios, lo primero que hizo mi abuelo fue ponerse en contacto con el señor Orozco.


Esa fecha coincidió con las vacaciones de verano, también con que mandaron a mi papá a una comisión a Sinaloa. Debo decir en su favor que se mantuvo firme y sobrio durante la terapia de María. Supongo que se sentía culpable. El viaje a Sinaloa iba a durar todo el fin de semana; yo me quedé con mi abuelo, mientras mi hermana fue a parar con mi tía Aurora. Después del ataque, María jamás volvió a casa de los abuelos, ni siquiera cuando me mudé para acá. Estar cerca del Parque Hundido hacía que sus manos empezaran a temblar.

Desde que llegué, noté que mi abuelo se encontraba inquieto. En vez de ver nuestro partido de los sábados, me mandó a jugar al cuarto de costura.


—Voy a tener visitas. No salgas hasta que te diga.


El cuarto de costura estaba lleno de retazos de tela, ganchos para tejer y cosas por el estilo. El perfume de mi abuela seguía inundándolo todo. Al aspirarlo, uno hubiera esperado que en cualquier momento la máquina de coser empezara a funcionar, al tiempo que una voz de viejita cantaba: «Eres tú», su canción preferida de Mocedades.


En la planta baja se escucharon murmullos. Intenté resistirme. Imaginé que jugaba en el Estadio Azteca y metía el gol del campeonato. Las voces venían de la cocina. Me asomé entre la puerta y vi que mi abuelo sostenía un cuchillo. Frente a él se encontraba Orozco. Pensé que mi abuelo estaba a punto de atacarlo; en vez de eso colocó el filo del cuchillo en su mano y se cortó la palma. Un chisguete de sangre salió disparado, al tiempo que mi abuelo colocaba la mano chorreante sobre la mesa, encima de una bandeja donde había un objeto que no alcancé a distinguir. No fue la mano sangrante ni la presencia de Orozco lo que me asustó. Fue la expresión de mi abuelo. Nunca he visto tanto odio en mi vida.


Permanecí en el cuarto de costura hasta que mi abuelo me llamó para la cena. Cuando bajé, la cocina se encontraba limpia y no había señales de Orozco. La única prueba era el vendaje que cubría su mano derecha. Desvié la mirada y no hice ningún comentario. Pasó mucho tiempo antes de que lograra dormir. No dejaba de pensar en mi abuelo, las venas hinchadas de sus sienes, la arruga de la frente tan honda que parecía una herida. Cuando por fin me estaba quedando dormido, una mano me tomó del hombro.

—Luis, ven conmigo.


Seguí a mi abuelo hasta su cuarto. La ventana daba directo al parque. Se paró frente a ella y me indicó que lo acompañara.


Y esperamos.


De noche, el Parque Hundido parece un cráter gigantesco. Las copas de los árboles emergen del suelo como las antenas de seres gigantescos llegados del espacio. Es un lugar hecho para soñar, donde uno nunca imaginaría ancianas golpeadas hasta la muerte, ni pequeñas de catorce años con la quijada hecha pedazos.


A lo lejos se escuchó un grito.


Me volví hacia mi abuelo, que seguía mirando al frente. Su única reacción fue tomarme de la mano. Las copas de los árboles comenzaron a mecerse, cada vez con más fuerza, como si un huracán amenazara con arrancarlas. Pensé que en cualquier momento llegarían patrullas, agentes de policía, montones de curiosos. Los gritos resonaban por toda la colonia, pero las calles continuaban vacías, como si el parque se hubiera convertido en una zona aislada del resto de la ciudad.


Entonces las vi.


Aunque duró unos segundos, alcancé a observar cómo las ramas de los árboles frente a nuestra ventana se movían como brazos gigantescos. Y entre sus hojas llevaban algo. De inmediato reconocí la chamarra de cuero y el copete carmesí. El líder de Los Rojos volteó hacia donde nos encontrábamos. Tenía el rostro lleno de tajos y cortes causados por las ramas, la faltaba un ojo. El árbol sostuvo el cuerpo frente a nosotros, como un sacerdote mostrando su ofrenda. Luego el pandillero se perdió de vista. Se escuchó un alarido y el parque quedó en silencio.


Mi abuelo y yo permanecimos durante un rato pegados a la ventana.


—Ya podemos dormir —dijo mi abuelo.


Me acompañó a mi cuarto y me deseó buenas noches. No comentó nada, tampoco pidió que no hablara de eso con nadie. Sabía bien que era nuestro secreto.


Mi abuelo murió una noche de septiembre. Lo encontró Eulalia, la señora que hacía la limpieza tres veces por semana. Estaba tirado en el piso, sosteniendo con fuerza un objeto entre las manos. Mi papá pensó que se trataba de un crucifijo, resultó ser la rama de un árbol. Tenía una fotografía de mi hermana clavada en la superficie. A nadie se le ocurrió que las manchas en el retrato fueran en realidad gotitas de sangre. Rentamos la casa durante algunos años; cuando terminé la universidad me vine a vivir para acá. María no se opuso: poco después de cumplir los veintitrés, entró al baño de la casa y se tomó entero un frasco de Válium.


Supongo que Orozco me eligió para ocupar su sitio desde aquella vez en que lo encontré en el parque. Dijo que no podía cuidar siempre de los colonos, y una noche, mientras contemplábamos cómo las copas de los árboles bailaban con el viento, me contó su secreto.


Tenemos que estar unidos.


El fin de semana pasado, dos niños de otra colonia se metieron a nuestro parque y tiraron de un árbol al hijo del señor Castellanos, el nuevo vecino. El niño se rompió una pierna, y aunque tiene ocho años, su papá no quiere más preocupaciones. Quedamos de reunirnos en la noche. Se necesita poco: la rama de un árbol, unas gotas de sangre… y fe. Si el hombre es capaz de creer, el guardaparque vendrá en su ayuda y su hijo quedará protegido.


Y un par de niños abusivos se arrepentirán muy pronto.

Ernesto Murguía, 2018