• Ernesto Murguía

Lumbrera 7

Actualizado: 12 de ago de 2017


Comenzó con una llamada telefónica. Edgar Mendizábal, director de El Cuchillo Films, un fanático de las películas gore, los mangas japonesas y los muchachitos de diecinueve años. Yolanda lo conoció cuando trabajaron en Plegarias de ultratumba. La crítica los hizo pedazos, la película funcionó en taquilla


—¡Agárrate, condenada! Te tengo una noticia: Las entrañas del infierno. ¿Te gusta?


—No sé de qué hablas.


—La película, pendeja. Ya tengo el dinero.


—¿Y quieres que te lo guarde?


—Quiero que escribas la historia.


—¿No que ya tienes la película?


—Tengo el título y el argumento. Falta el guion.


—Es un desmadre trabajar con ideas de otros.


—Yo mismo lo escribí. Te vas a cagar de miedo.


—Ando clavada en mi novela.


Yolanda sacó a relucir su libro para no sonar desesperada. El taller de guion tenía cinco alumnos, las regalías de las películas apenas alcanzaban para salir de gastos, de los libros nunca veía un quinto.


—Te lo avientas de volada.


—¿Cuánto?


—Ciento cincuenta.


—Eso me pagaste hace dos años.


—No estamos en Hollywood.


—Doscientos.


—Ciento ochenta.


—Hecho.


—En este momento te mando el argumento y el lunes te deposito una parte. Vas a ver, condenada, cuando lo leas…


—Ya sé: me voy a cagar de miedo.


—Hasta sangre vas a aventar. Por cierto, ¿fuiste a ver a Samuel?


La última vez que se vieron, Yolanda mencionó las semanas horribles que llevaba con el maldito tratamiento hormonal. Subió cinco kilos, le salieron granos hasta en las chichis, a cada rato le entraban bochornos de viejita. «Bríncate esas mamadas y aviéntate directo a la inseminación artificial», sugirió Edgar, y aprovechó para recomendar a su cuñado, especialista en fertilidad de la Clínica Londres. «Te lo juro, pinche Yola, ese cabrón es capaz de sacarle chamacos hasta a las piedras.


—Anduve en llamas. No he tenido tiempo de nada.


—Pues cada vez te queda menos.


—Gracias por ser mi reloj biológico.


—Soy un hombre práctico.


—Pues si quieres ser un hombre con guion, más te vale que la lana esté en mi cuenta para el lunes.


Edgar Mendizábal se despidió con una queja de «lo materialista y cabrona» que se había vuelto su amiga. Yolanda intentó volver a la novela. Recuerdos de don Augusto se desarrollaba en Veracruz, en los años posteriores a la invasión francesa. Una obra histórica, alejada por completo de sus trabajos anteriores; la demostración a críticos y lectores de su capacidad para abordar otros géneros. El problema era que a cada página algo parecía surgir de la oscuridad. ¿Qué pasaría si un buque fantasma encallara en el puerto? ¿Y si la heroína resultaba ser vampiro?


Decidió mandar todo a la chingada. Hormonas, embarazos, novela, guiones, depósitos y, por supuesto, al pendejo de Huicho. A Yolanda le faltó ánimo para reconocer con Edgar que llevaba tres semanas sin noticias de su novio. La relación siempre fue de altibajos; la neurosis prematernal terminó por hundirlo todo. El sueño de familia sonaba lindo en las pláticas de Netflix, abrazados y calientitos viendo House of cards; se amargó cuando la posibilidad amenazó con volverse real. Yolanda se preguntaba si ella misma había presionado de más. Y de ser así, ¿por qué al pendejo de Huicho le faltaron huevos para «pararle el alto», como él mismo decía, y reconocer que un hijo no entraba en sus planes?


Estaba por cerrar la MacBook cuando recibió el correo con la información del nuevo proyecto.


LAS ENTRAÑAS DEL INFIERNO

Argumento de Edgar Mendizábal

En los noventa, una pareja de hippies viaja a Real de Catorce con la idea de entrar en equilibrio con el cosmos. Vagan juntos por el desierto hasta encontrar un sitio donde los peyotes crecen tan grandes como balones de futbol. Después del ritual se quedan dormidos. Al despertar, sus cuerpos se han vuelto peludos y elásticos debido a que el peyote se encontraba contaminado con desechos radioactivos abandonados en secreto por los Estados Unidos. Veinte años después, la familia vive en las cañerías de la ciudad. Una comisión especial, encabezada por un agente del FBI y un sanguinario judicial, los busca para estudiarlos. Para colmo, Lexor, uno de los «hijos elásticos» (convertido ahora en un adolescente cachondo), se enamora de una vendedora de Mary Kay que vive en la superficie…


Yolanda se abstuvo de finalizar el manuscrito. Le dieron ganas de llamar al productor para decirle que no se atrevería a trabajar en esa jalada ni aunque le pagara el dinero completo de la producción. En vez de eso, decidió conservar la premisa para que su amigo pudiera presumir la autoría del argumento y retrabajar la historia. Mientras le pagara, daba igual. Su preocupación era el tema. Siendo fanático del género, Edgar debía saber que los «monstruos en el drenaje» se encontraban agotados desde hacía años: cocodrilos, ratas, zombis, extraterrestres, payasos asesinos, manchas voraces. Si Yolanda quería escribir algo, no digamos original, pero al menos con cierto sentido, debía acudir directo a las fuentes. Al revisar los datos quizá se le ocurriría una forma de resolver el guion.


En internet no encontró gran cosa, a excepción del teléfono de la Dirección de Obras Públicas.


Sabía por experiencia que cualquier referencia a una película de terror impediría que la tomaran en serio, así que dijo ser colaboradora de Literatum, revista de artes y ciencia de la UNAM. Lo cual tampoco era mentira: unos meses atrás escribió un par de artículos sobre Stanley Kubrick y otras adaptaciones de terror llevadas a la pantalla grande. Huicho era el editor: le pagó con una cena, «vino y romance incluido», en el Non Solo de Álvaro Obregón.

Tras batallar con la secretaria, Yolanda logró comunicarse con el departamento a cargo del Drenaje Profundo. Contestó un tal licenciado Guadarrama; Yolanda le propuso un reportaje donde mostraría «la importancia de esa magna obra, un triunfo de la ingeniería mexicana». A Guadarrama le encantó la idea. Prometió entregarle material: revistas, folletos, algún video y prepararle la pequeña sala que hacía las veces de museo.


—Le agradezco, licenciado —dijo Yolanda—. De niña vi en la televisión imágenes de la obra y me quedé impresionada. Es algo que me atrae muchísimo.


—¿En serio?


—Por supuesto. Los túneles, el tamaño…


—Deme un momentito —dijo Guadarrama—. Se me acaba de ocurrir algo.


Regresó para notificarle que había discutido el asunto con el director del área y era posible arreglar una visita a los túneles. Yolanda aceptó feliz. Deseaba recabar la mayor información posible, esto superaba por mucho sus expectativas.


Fijaron la cita para el sábado siguiente; aunque la obra descansaba, un equipo de trabajo tenía programada una inspección. La guionista pensó el resto de la semana en el proyecto. Antes de escribir Las ruedas del terror, pasó dos días acompañando a un trailero. Aunque nunca le iba bien con los críticos, Julieta Montero de sinembargo.com, reconoció la «correcta recreación de la vida en carretera». De hecho, comentó que era lo único que valía la pena de la novela.


Desayunó un plato de All Bran con leche y se pasó el citrato de clomifeno con una taza de café cargado. Considerando que su relación había pasado de «complicado» a «pendejo ausente», carecía de sentido seguir atiborrándose de hormonas. Faltaban unos días para concluir el tratamiento. Yolanda no se animaba a interrumpirlo. ¿Y si se reconciliaba con Huicho? ¿Y si encontraban la manera de seguir juntos?


Llegó media hora antes a la cita. Intentó dejar el coche frente a la Iglesia de Santa Magdalena; un monje salió corriendo y se interpuso en el camino. Alegó que ese lugar se encontraba reservado para monseñor Velázquez. Por más que la escritora le aventó el vehículo, el religioso se negó a moverse. «Nota mental —pensó Yolanda mientras daba vueltas por la colonia—: agregar al guion una escena donde un monje es atropellado por un camión de basura».


Terminó por estacionarse pasando el cruce de 13 de mayo y Eustacio Ríos. Caminó seis calles antes de llegar a la reja de aluminio que bordeaba la entrada de la Lumbrera 7.

Una caseta de vigilancia, tres o cuatro construcciones de lámina. Al centro del terreno se abría, como un géiser gigantesco, una excavación rodeada de maquinaria y equipo de construcción. La guionista se identificó en la entrada. Poco después, un descomunal tipo de bigote se presentó acompañado de un hombrecillo de pants verdes.


—Alberto Guadarrama —dijo el tipo de pants. Tenía los dientes chuecos y el cabello envaselinado hacia un lado.


—Mucho gusto, licenciado.


Guadarrama presentó a su acompañante, el ingeniero Betancourt, encargado del proyecto. La escritora y el hombretón intercambiaron saludos.


—Pues usted dirá, ingeniero —dijo Guadarrama—. ¿Por dónde empezamos?


—Depende de la poeta. ¿Qué quiere saber?


—La invitación es para ver los túneles.


—Pues entonces vamos a los túneles.


Se encaminaron hacia una de las construcciones de lámina. En el interior, un tipo con playera de tirantes y un cocodrilo tatuado en el antebrazo terminaba de ponerse un overol.


—Muévelas, papá, que es para hoy —lo apuró el ingeniero.


Guadarrama y Betancourt tomaron de un estante dos cascos de plástico amarillo, tipo minero. Cocodrilo se volvió hacia Yolanda y le entregó uno.


—Por si las moscas, mi reina. —Y se inclinó hacia un lado para mostrar la enorme cicatriz que le surcaba el cráneo.


Bajaron por rampas de madera, con tablones a manera de escaños, hasta un basamento subterráneo. Yolanda calculó que se encontraban a unos quince o veinte metros de profundidad, más o menos la altura de un edificio pequeño.


—El drenaje funciona por gravedad —explicó Betancourt—. Aquí es el comienzo del túnel, en otras zonas la pendiente desciende hasta los doscientos metros.


La entrada del Interceptor Central semejaba el interior de una culebra gigantesca, con cilindros de cemento a manera de anillos, tan juntos que era difícil decir dónde empezaba y terminaba cada uno.


—Los túneles están diseñados para llevar noventa metros cúbicos de agua por segundo. En temporada, se llenan hasta su máxima capacidad.


—¿Y cómo entran? —preguntó Yolanda.


—No entramos. El mantenimiento se realiza en época estival.


—Pero sí hay salidas de emergencia, ¿verdad?


—¿Para qué íbamos a construir salidas de emergencia?


—¿Qué tal si algo se cae?


—¿Algo como qué?


—¿Un perro? ¿Una persona?


—Las personas no caben por las coladeras, mi querida poeta. Pero si cupieran, la única forma de sacarlas sería hasta el vertedero de La Esmeralda.


Yolanda ocultó su decepción. ¿Cómo iban a esconderse los personajes de la película si el lugar ni siquiera era habitable? ¿Dónde se encontraban las galerías ocultas de las películas gringas? Una parte de ella lamentó que la visita resultara inútil. Su instinto de escritora no se dio por vencido. Al diablo con el estúpido argumento de Edgar. Yolanda escribiría la historia como le viniera en gana, ya después se las arreglaría para convencer al productor.


A medida que avanzaban, el tufo a cemento fresco se transformó en una peste asquerosa. Como ninguno de sus acompañantes pareció notarlo, Yolanda omitió el comentario. Unos metros más adelante, una apertura en la superficie de concreto conducía a una bifurcación llena de lama y mierda reseca.


—Este es el surtidor de La Piedad, el primer túnel de drenaje profundo que se hizo en México. Ahora está en desuso, pero tenemos planes para su rehabilitación.


—¿Los túneles se juntan?


—¿Por qué cree que se llama Interceptor Central?


—¿Y falta mucho para que lo terminen?


—Poquito. Nomás unos cuarenta años.


Al final del túnel los esperaba una máquina cilíndrica cuyo diámetro abarcaba todo el túnel. Betancourt explicó que se trataba del escudo excavador: un taladro gigante capaz de perforar hasta ocho metros de roca al día.


«Escudo excavador», se repitió Yolanda para grabarse el nombre. Era el tipo de diálogo que daba un toque de verosimilitud a las películas. «¡Tenemos dos minutos! Si el escudo excavador explota, el túnel entero se viene abajo».


Mientras el ingeniero y el Cocodrilo revisaban los motores, Guadarrama aprovechó para mostrarle a la escritora las partes del equipo. Tablero de control, cilindros de empuje, grippers, válvulas. Era una herramienta impresionante, pero después de treinta minutos quedaba poco por añadir. Yolanda tampoco tenía preguntas: a excepción de dos o tres ideas sueltas, no se le ocurría nada para la historia. Además, tenía un calor horrible y la espalda pegajosa a causa del sudor. No sabía si era por el encierro del túnel o por las hormonas. Quizá las dos cosas.


—Hace diez meses hubo un derrumbe —dijo Guadarrama.


—¿En serio?


—Once personas murieron. La Lumbrera estuvo clausurada. Apenas se reiniciaron los

trabajos.


—¿Y los cadáveres?


—Su muerte fue un misterio. Algunos cuerpos estaban incompletos.


—¿Ratas?


—Algo peor.


Guadarrama hizo un pausa.


—¡El Monstruo del Drenaje! —gritó al tiempo que sacudía a Yolanda de los hombros.


La escritora dio un salto hacia atrás. Guadarrama la sostuvo.


—Perdón, perdón… —dijo entre apenado y divertido.


—No hubo ningún accidente, ¿verdad?


—Ninguno que yo sepa.


—¿Y lo del monstruo?


—Es el tipo de historia que le gusta, ¿no?


Aunque el licenciado la agarró con la guardia baja, la escritora se vio forzada a reconocer que sí, efectivamente, era el tipo de historia que le gustaba.


—¿Cómo supo?


—La busqué en Google —Guadarrama sacó de su mochila un ejemplar de Las ruedas del terror—. Todavía no lo termino, pero está padre.


—Qué buena onda. Muchas gracias por comprarlo.


—Oiga, y aquí entre nos… ¿Cómo se le ocurren esas cosas?


—No lo sé. Salgo a buscar las historias… y de repente me llegan.


—¿Y qué historia vino a buscar aquí?


Un furioso Cocodrilo se acercó al transformador y lo reinició por enésima ocasión.


—¡Inge! —gritó—. Esta madre sigue fallando.


—¿Alcanzas a terminar? —respondió Betancourt desde el tablero de control.


—Lo veo canijo.


El ingeniero se acercó a supervisar los avances.


—Ve arriba y checa el generador principal.


—Sí, inge.


—Revisa las cánulas. Si hace falta, le cambias el laminado.


Cocodrilo asintió de mala gana y se adentró en el túnel hasta perderse de vista. El ingeniero volvió a concentrarse en su trabajo.


—No se preocupe —dijo Guadarrama—. A cada rato es lo mismo.


—¿Entonces le gustó mi libro?


—Está muy bueno. Me latió cuando están haciendo el exorcismo y de pronto…


¡Crack! La instalación eléctrica soltó un chasquido y las lámparas se apagaron.

Yolanda regañaba a los alumnos cuando escribían cosas como «oscuridad total», «oscuridad absoluta». La oscuridad siempre es completa, de otra manera no sería oscuridad. Pero una cosa era quedarse sin luz en su departamento de la Escandón, donde bastaba con ir a la cocina por una velas, que saberse a más de veinte metros bajo tierra, en un túnel de concreto sin salidas de emergencia ni pasadizos secretos. Eso sí era un oscuridad «absoluta, completa, total».


La guionista estiró las manos hacia Guadarrama. Su acompañante había desaparecido.


—¿Licenciado?


Tanteó en la penumbra, temerosa de encontrarse sola en el túnel, abandonada a su suerte. No le avisó a ninguna persona de la visita. Si algo le pasaba, nadie iba a encontrarla. El miedo se convirtió en una sensación física. Quería gritar, salir corriendo, escapar antes de que fuera tarde.


¿Tarde para qué?


Un resplandor lastimó sus ojos y la obligó a desviar la mirada. Yolanda supuso que la electricidad había vuelto; la luz provenía de los cascos de Betancourt y Guadarrama.


—Tranquila. No pasa nada.


—Necesito salir.


La escritora quiso encaminarse hacia la salida del túnel, tropezó con un cable y cayó de bruces, apenas logró meter el brazo para protegerse.


—¿Está bien?


—¡No me toquen!


—Nadie la está tocando —dijo Guadarrama.


Yolanda se incorporó como pudo y extendió los brazos para mantener distancia.


—Es solo un apagón. Mire, préndale aquí…


Guadarrama señaló el casco de Yolanda. La escritora pasó la mano por la superficie de plástico hasta encontrar el botón. El haz luminoso bastó para iluminar los alrededores. Aun así había demasiadas sombras, más de las que Yolanda podía soportar.


—Es su culpa —le dijo Betancourt a Guadarrama—. Si algo le pasa a la poeta es su responsabilidad.


—¿Por qué mejor no arregla las luces y deja de estar chingando?


—¿Qué me dijiste, pinche licenciadito?


El ingeniero le sacaba a Guadarrama veinte centímetros de altura y más de treinta kilos.


—Si me agrede, lo voy a reportar.


—Vuelve a hablarme de esa manera y yo soy el que te va a reportar… con tu pinche madre.


Un alarido hizo eco desde la zona oscura del túnel.


—¿Qué pasa? —preguntó Yolanda.


—¿Cómo chingados voy a saberlo?


Betancourt enfocó la luz de su casco hacia la oscuridad.


—¡Espinoza! —No hubo respuesta—. ¡Espinoza, chingada madre!


—Espérese, no vaya… —dijo Yolanda.


—¿Ahora qué?


—Hay algo.


Yolanda señaló hacia las profundidades del túnel.


—No inventes, pinche poeta.


Betancourt meneó la cabeza y se encaminó en busca de Cocodrilo. Estaba por perderse de vista cuando una sombra le saltó encima. El ingeniero sintió una masa blanda y fría pegada al cogote, y de un reflejo estiró la mano para quitarse a la criatura. Pensó que se trataba de un sapo, pues alguna vez los había visto anidando en las alcantarillas. Eso no explicaba el ardor en el cuello: sentía como si lo hubieran quemado con ácido.


—Hijo de la chingada.


Se volvió para regresar a donde se encontraban Guadarrama y Yolanda.


Un ser viscoso le brincó a la cara.


El grito del ingeniero sonó apagado, la masa podrida y venenosa le quemaba el rostro. Decenas de pequeñas sombras llovieron sobre sus hombros, su torso, infestaron su cuerpo. La luz del casco se apagó cuando el hombretón cayó al piso y su cabeza se estrelló contra el concreto.


—¿Ingeniero? —llamó Guadarrama sin moverse de su sitio. El licenciado se volvió hacia

Yolanda.


La escritora se mantenía como en trance, vislumbraba cientos de criaturas prendidas sobre la superficie del túnel. La imagen le recordó una escena de la película Aliens.


—¿Qué es eso? —preguntó Guadarrama.


—Todo menos extraterrestres —respondió Yolanda.


El licenciado no comprendió a qué se refería ni esperó una explicación. Tomó a la escritora del brazo y ambos corrieron hacia la salida. Al pasar junto a Betancourt, descubrieron que el rostro del hombretón se encontraba desfigurado: carne licuada escurría de sus ojos y de sus mejillas. Pero el ingeniero seguía vivo, sus gemidos se atragantaron con un buche de sangre. Yolanda se preguntó si podían hacer algo para ayudarlo.


A la chingada con el ingeniero. A la chingada con todo.


Yolanda siguió de largo. Guadarrama no tuvo la misma suerte. Una avalancha de seres amorfos le cayó encima.


—¡Quítemelas! —gritó Guadarrama—. ¡Por favor, quítemelas!


Yolanda dejó atrás al licenciado. Tenía un guion por entregar, una novela pendiente, un hijo que concebir. Hormonas, inseminación artificial, adopción. Su deseo era ser madre y nadie iba a impedirlo. Menos el pendejo de Huicho.


Cientos de seres reptantes la esperaban más adelante. Atestaban las paredes, imposible abrirse paso entre ellos. La escritora se volvió para desandar el camino. A sus espaldas, la garganta de concreto también se encontraba ampulosa de criaturas. Necesitaba un escape, un sitio donde resguardarse. Imposible, el túnel era un callejón sin salida, quizá siempre lo fue.


Algo. Lo que sea.


Frente a ella se abría el pasadizo secreto por el que tanto había preguntado.


«¿Por qué cree que se llama Interceptor Central?».


Aunque las palabras del ingeniero sonaron distorsionadas, Yolanda captó el mensaje. La escritora corrió hacia la intersección con el surtidor de La Piedad, su única posibilidad de escape.


El túnel más antiguo de México resultó mucho más estrecho que el Interceptor. El concreto se había desprendido en varios tramos, dejando tras de sí costras de tierra húmeda y pedazos curvos a manera de obstáculos. «Con que no se derrumbe», pensó Yolanda a medida que los restos de cemento se espaciaban y el túnel se asemejaba a una madriguera sucia.


Siguió avanzando sin mirar atrás, convencida de que esa bifurcación era el camino correcto. Si antes la peste del surtidor le pareció insoportable, ahora ya ni la percibía. Tenía la playera cubierta de lama, tierra y mierda reseca, y las piernas llenas de cortes causados por la losa derruida.


Voy a salir.


El túnel se encontraba obstruido. Las uniones de concreto habían colapsado, conformaban un sepulcro infranqueable. Las criaturas rodeaban a Yolanda.


Es el nido. No… no es un nido. Es una catacumba.


La escritora recordó al monje estúpido que le bloqueó el estacionamiento y se preguntó si el túnel podría correr debajo de la Iglesia de Santa Magdalena. Se acercó a la pared terregosa y apuntó la luz de su casco hacia las criaturas. En vez de atacarla, los seres se mantenían agazapados en los agujeros de la tierra. Al verlos de cerca, Yolanda distinguió lo que podía ser una nariz, un pedazo de oreja, una par de botones gelatinosos que semejaban ojos. Y lloraban, las criaturas lloraban y estiraban sus bracitos contrahechos hacia ella.


Las monjas enterraban a sus abortos en las catacumbas. Comprendió que esos seres llevaban décadas, quizá cientos de años en el olvido. Yolanda los había invocado; su voluntad les devolvió la vida. Tenía que honrar a su creación y aceptar esa última vuelta de tuerca.


Mis criaturas.


Con un rápido movimiento se bajó los pantalones y los calzones. Luego se recostó sobre la tierra enlamada y ofreció sus piernas abiertas a manera de sacrificio. Cerró los ojos con todas sus fuerzas y permaneció allí, inmóvil mientras los engendros respondían a su llamado, se arrastraban sobre sus pantorrillas, se deslizaban entre sus muslos.


Yolanda sintió un espasmo de dolor cuando su vientre se distendió. En un segundo de indecisión, se preguntó si no habría sido una mala idea desde el principio, quizá nunca debió aceptar la premisa de Edgar Mendizábal. Demasiado tarde. La escritora soltó un alarido cuando el clímax de su historia la hizo perder la conciencia.


El público se mantuvo en silencio.


Segundos de tensión. Yolanda aguardaba nerviosa al fondo de la sala. Un tímido aplauso fue creciendo poco a poco y los espectadores del Mórbido Fest estallaron por fin en una ovación. Puede que Las entrañas del infierno no fuera material de Arieles ni premios internacionales. Los fanáticos la disfrutaron, podía vibrarse en el ambiente. La guionista respiró tranquila.


—¿Cómo fue el desarrollo para esta historia? —preguntó el colaborador de El inquilino guionista.


La mayoría de periodistas buscaban al director y los actores. Yolanda se sintió halagada de que alguien se interesara por su trabajo.


—Investigación, acudir a las fuentes, dejar que la historia revelara poco a poco sus misterios.


—La presencia de las catacumbas y las criaturas, ¿la considerarías una crítica a la iglesia católica?


—Puede interpretarse así: una crítica a la doble moral eclesiástica. La verdad es que la idea surgió orgánicamente de la trama, fue parte original del desarrollo.


—¿Lo mismo el tema de la maternidad?


—Fue algo que descubrí sobre la marcha y tenía mucho interés en explorar.


—¿Qué les dirías a tus hijos si llegaran a ver esta película?


—No lo sé. Me gustaría… No lo sé.


Regresó a casa pasadas las diez, se le hizo tardísimo y eso que ni fue al coctel. Entró apurada al departamento, dejó sus cosas sobre la mesa, cruzó casi corriendo el pasillo y a punto estuvo de tirar el póster de 2001: Odisea del espacio que le regaló Huicho. Las cosas no se compusieron entre ellos, ni siquiera hubo intento de reconciliación. El editor de la revista Literatum desapareció de su vida y Yolanda tenía demasiadas responsabilidades para preocuparse por ello.


—Ya vine —murmuró la escritora.


La habitación se encontraba en penumbra, apenas iluminada por una lámpara de escritorio cubierta con un trapo de franela. Al centro de la recámara se destacaba una cuna. Los lados cubiertos con cobijas, una tela de tul coronando la camita.


—Ya vine, mi amor.


A través del velo, como envuelta en telarañas, una sombra le devolvió la sonrisa.

Ernesto Murguía, 2018