• Ernesto Murguía

Noche del alebrije

Actualizado: 12 de ago de 2017


Al centro del patio se levantaba una fuente reseca, con decenas de gatos en torno a la orilla. Animales flacuchos de pelaje ralo, algunos con manchones roñosos, otros desorejados o tuertos. El olor era tan fuerte que Julián se cubrió la nariz con la manga de la chamarra.


—Apesta de la chingada.


—Ssshhh… te va a escuchar.


Sombras felinas en los barandales de concreto, tras las macetas, apostadas en las numerosas puertas a lo largo del corredor. Julián siguió a Gerardo por el pasillo y bajaron juntos una escalera empotrada en la pared. Al final se alzaba un portón de madera. Entraron a una estancia en penumbra, apenas iluminada por una lámpara de mesa con cubierta de vidrio amarillo.


—Le molesta la luz —dijo Gerardo—. Le molesta todo al cabrón.


El mobiliario lo conformaba un sillón de madera con descansabrazos labrado y tapiz de terciopelo verde. Gerardo arrastró una silla metálica y la colocó frente al trono.


—Acuérdate. Dale el avión, no lo contradigas. Yo voy a estar afuera por cualquier cosa.


—Yo me las ingenio, no te preocupes.


Habían sido compañeros en el Centro Universitario de Teatro. Llevaban un par de años sin verse, se encontraron por casualidad en el centro de Coyoacán. Gerardo mencionó que era «asistente particular» de Adelman y Julián insistió en que le consiguiera la entrevista. El dramaturgo llevaba más de quince años sin conceder ninguna, por eso fue una sorpresa cuando, unos días después, Gerardo se comunicó para decirle que todo estaba arreglado.

Su compañero abandonó la estancia. Mientras aguardaba, Julián echó un vistazo a las decenas de fotografías que decoraban las paredes. Humberto Adelman en los estrenos de sus obras, Humberto Adelman recibiendo un homenaje, Humberto Adelman acompañado por Pedro Armendáriz, Carmen Montejo, Enrique Rambal, Germán Robles, Silvia Pinal, decenas de actores que se deshacían en sonrisas y abrazos al maestro. Julián reconoció también a muchos de los principales dramaturgos contemporáneos: Agustín Campos, Eduardo Aldrete, Vicente Moreno, el mismo Gerardo Erasti, todos con premios de Bellas Artes, obra montada, becas internacionales. Frente a ellos, la carrera de Julián resultaba insignificante: algunas representaciones autofinanciadas, un proyecto de teatro en casa, microteatro. En espera de apoyo para su siguiente obra, Julián colaboraba para la revista Bambalinas y manejaba un Uber cuando las cuentas no salían.


El portón se abrió por fin.


La primera impresión fue decepcionante. Aunque algunas fotografías mostraban a un Adelman envejecido, nada preparó a Julián para el esqueleto de cabello a rape, mejillas hundidas y una bata mugrienta que semejaba un sudario.


—Buenas noches, maestro.


Adelman no le hizo caso. Ocupó con trabajos su asiento y permaneció ahí, como si el esfuerzo de trasladarse hubiera agotado su energía. Julián esperó a que el dramaturgo se repusiera y activó la grabadora de voz del iPhone. Luego de dar las gracias y presentar a su invitado se arrancó con la entrevista.


—Su teatro se remonta a orígenes universitarios. ¿Podría describir cómo se inicia su carrera?


—Es una pregunta que he respondido muchas veces —dijo Adelman con voz sorprendentemente firme—. Llego a México en 1951 para estudiar Medicina y en la Universidad me nombran director de las actividades culturales de la Sociedad de Alumnos. Se me ocurre montar Las cosas simples de Héctor Mendoza. La presentamos en Casa Francia. Fue tal el éxito que un día se me acerca Salvador Novo y me ofrece una beca para estudiar en la escuela de teatro del INBA.


—¿Dejó la Medicina?


—Lo dejé todo: el teatro se convirtió en mi vida. En el INBA fui afortunado porque conocí a los grandes maestros de México: Gorostiza, Seki Sano, Carballido, el propio maestro Novo. Todos me apoyaron, todos se entusiasmaron con mi trabajo.


—Hablando de su trabajo, los títulos, las referencias a los animales… ¿De dónde surgen?


—Desde joven busqué integrar las teorías evolutivas con la sabiduría indígena. El animal protector, la energía positiva, contrapuesta a los atributos primitivos del nahual.


—¿Usted qué animal se considera?


—Soy un proceso de cambios de animalidad, de metamorfosis. Un alebrije en constante evolución.


—¿Y las mujeres? ¿Cómo se integran en este universo?


—Las mujeres siempre han estado presentes en mi obra. Pero no todo tipo. Las lloronas, autocompasivas y caguengues, esas no me interesan. Me interesan las fuertes, subversivas, con gran sentido crítico. Muchas de ellas son homenajes a mi madre, que tenía ese tipo de carácter.


—¿Y ahora está escribiendo algo sobre alguna?


—Siempre estoy escribiendo. En los últimos años hice nueve obras.


—¿Piensa montarlas?


Adelman lo observó como si hubiera hecho la pregunta más estúpida del mundo. Julián no supo si era su imaginación, pero le pareció que los ojos del director, al principio tan oscuros, se estaban aclarando.


—Es algo que no me importa. Si acaso a ti te importa, entérate que voy a dirigir la que estoy escribiendo sobre Maximiliano.


—¿Maximiliano de Habsburgo?


—Es un personaje fascinante, lleno de contradicciones. ¿Sabías que, a cambio de privilegios, los conservadores le enviaban a sus hijos a «audiencias privadas»? Al Emperador de México, al gran enviado de Napoleón III, le encantaba la verga.


El comentario tomó por sorpresa a Julián.


—A veces pasaban por su dormitorio hasta diez o doce muchachos. No se los cogía, sólo se las chupaba hasta dejárselas en carne viva.


—¿Y Carlota?


—Terminó cogiéndose a todo el ejército de México… y al de Prusia también.


Julián asintió como si comprendiera. Adelman se inclinó hacia él para compartir un secreto. Tenía las comisuras de la boca llenas de saliva reseca.


—Dime la verdad… ¿Te gusta?


—¿La historia?


—Mamar verga.


—¿Perdón?


—Hacer fellatio, pelarle la verga a un hombre, ¿te gusta?


Adelman arrastró las palabras, disfrutando la sonoridad de cada sílaba.


—¿Te gusta o no? —insistió el dramaturgo.


Los ojos del dramaturgo habían pasado del negro al café claro y ahora tenían una ligera coloración naranja.


—Tengo a mi chava —respondió Julián.


—Yo también tuve muchas mujeres. No significa nada. ¿Te gusta que te meta el dedo? ¿O preferirías otra cosa?


—Mire, vine aquí para hacerle una entrevista. Si no le late, mejor ahí la dejamos.


—¿Tienes miedo?


—Tengo chamba. Siguiente pregunta: su primera obra, Quimeras…


—En mis tiempos te hubiera comido vivo.


El reportero no respondió.


—¿Sabes una cosa? —Adelman se entreabrió la bata para mostrar su sexo flácido—. Quizá todavía lo haga.


—Váyase a la chingada.


Julián agarró la mochila y se dirigió hacia la salida. De haber sabido que ese maldito reportaje iba a resultar así, nunca lo hubiera propuesto. La revista Bambalinas era un proyecto independiente, con trabajos pagaba. No valía la pena.


El portón se encontraba cerrado.


—Gerardo… ¡Gerardo!


Julián se volvió hacia Adelman para que le ordenara a su achichincle que abriera la puerta.


El dramaturgo ya no se encontraba allí.


Era imposible, la estancia medía unos metros, no había sitio donde esconderse. Adelman era viejo, apenas podía caminar.


Julián se volvió de nuevo hacia la puerta.


—Gerardo… ¡no mamen!


Golpeó el portón un par de veces. Luego sacó el iPhone para llamar a su amigo. A su conocido, en realidad. Al pendejo que lo encerró, para ser exactos.


—Se dan cuenta de que esto es secuestro, ¿verdad?


Exageraba un poco. Lo cierto es que deseaba largarse de ese lugar tan pronto como fuera posible. ¿Qué hacía metido en entrevistas mal pagadas al otro lado del mundo? Carretera México-Querétaro, tres de la madrugada, atenido a los caprichos de un pinche anciano. El lunes iba a mandar al demonio su chamba en la revista Bambalinas para retomar su obra inconclusa. Escribir teatro siempre fue su sueño. Puede que Adelman fuera un loco, al menos había tenido los huevos para dedicarse de lleno a su pasión.


Un gruñido se escuchó en la estancia.


No había nadie, solo asientos vacíos, paredes llenas de retratos donde cientos de ojos multicolores asechaban en la penumbra. Julián dudó un instante; luego comenzó a golpear la puerta. Mientras lo hacía, sintió que algo respiraba a sus espaldas, justo detrás de su nuca. Asustado, se dejó ir contra el portón, usó su hombro como ariete. La madera vieja cedió y el reportero cayó de bruces frente a la escalera de cemento.


Se levantó tan rápido como pudo, trepó los escalones y echó a correr. Se abrió paso entre los gatos que colmaban el patio; sin querer pisó a uno, el animal soltó un maullido y de un salto se preparó para repeler el ataque. Julián ya se encontraba lejos, bordeando la fuente reseca. A su alrededor todos los portones parecían iguales. Dio vuelta en la esquina y se dirigió hacia la puerta que recordaba como la salida.


Se encontró con un almacén oscuro de alfombra podrida y una mesa de tablajero al centro.

No era alfombra, eran las pieles desolladas de cientos de gatos. Pedazos de carne en los estantes, cabezas felinas, tripas desparramadas. En la esquina, una pila de restos gatunos se elevaba hasta el borde del ventanal. Al otro lado del rosetón, distorsionado por la sangre reseca que salpicaba el cristal, Gerardo lo observaba.


—¿Qué pedo con…?


Julián no consiguió completar la frase. El gruñido animal acalló sus pensamientos e hizo temblar las paredes. Sonaba a serpiente, búho, tigre, salamandra, dragón.


No tuvo tiempo de defenderse. Las uñas se encajaron en el cráneo y atravesaron el hueso. Julián soltó un alarido que se entrecortó de golpe cuando la lengua escamosa del alebrije salió disparada hacia sus labios y se deslizó muy dentro de su garganta. Las fauces dentadas del alebrije se abrieron descomunales. El reportero de Bambalinas se perdió en esos ojos que antes eran negros y ahora brillaban como fuego incandescente.


Gerardo terminó de enterrar la mochila y los restos al fondo del jardín. Cuando volvió a la casa, Adelman descansaba en el sillón del estudio y terminaba de arrancarse la piel vieja. El dramaturgo nunca volvería a verse joven. Aun así, lucía «rejuvenecido».


—Ya estaba harto de gatos —dijo Adelman, mientras rasgaba una tira membranosa que le colgaba del pecho.


Su asistente se mantuvo serio.


—Por favor, Gerardo, quita esa cara.


—Tú me lo prometiste.


—No empecemos con lo mismo.


—Tenemos un trato.


Adelman hizo un gesto de fastidio.


—Ven.


Gerardo se detuvo frente al dramaturgo.


—Muéstrame tu nahual.


El joven entrecerró los ojos y se concentró con todas sus fuerzas. Pensó en búfalos salvajes corriendo por laderas escarpadas, en un tigre blanco cazando entre la nieve. Pensó en los colores del quetzal, en los ojos de la serpiente de cascabel, en la belleza del ajolote, en el vuelo del colibrí. Las coyunturas de los brazos se dislocaron, sus falanges crujieron a medida que los dedos se alargaban y por un momento fue capaz de percibir el sonido agitado del corazón de Adelman, el rumor de los gatos en el patio, los automóviles en la carretera, el eco de un murciélago a kilómetros de distancia. El efecto duró poco, las extremidades se encogieron dolorosamente, los sonidos se apagaron y la estancia quedó en silencio.


—No estás listo.


—¿Cuándo? —murmuró Gerardo.


El dramaturgo estiró la mano hacia el rostro de su alumno y le acarició la mejilla. La piel de Adelman era tan suave como el terciopelo verde del sillón.


—Pronto… —dijo el maestro—. Pronto.

Ernesto Murguía, 2018