• Ernesto Murguía

Retiro del fuego

Actualizado: 31 de mar de 2018




1


A las diez de la mañana de un caluroso sábado de marzo, el profesor Rubén Quirarte presidía el festejo de Blancos y Rojos, el evento deportivo más importante de las actividades de la secundaria CESHYC. Tres horas después se encontraba atrapado en el baño portátil del terreno baldío junto al colegio, una caseta de plástico con un letrero RENTOILET pintado en la puerta. Al principio intentó mantener la calma, forzar la cerradura, gritar para que lo ayudaran. Conforme avanzaron las horas y llegó la noche, supo que estaba en problemas. En problemas graves. La muerte no era el tranquilo desembarco en el puerto a donde todos nos dirigimos, ni el merecido descanso luego de una vida entregada al servicio ni cualquier otra de las frases hechas que a veces se sacaba de la manga con sus compañeros en la sala de maestros. La muerte apestaba a mierda, a orines estancados y a desinfectante industrial. Era caliente, asfixiante como un horno. Se te metía por los poros, por la nariz, por la boca…


Y ahora iba tras él.


Hasta ese momento Quirarte no había reflexionado a fondo sobre el tema de su propia jubilación (laboral, personal, vital). A sus sesenta y nueve años la sombra del retiro acechaba desde hacía tiempo al final de cada curso. Pero las semanas de descanso bastaban para recargar fuerzas y unos días antes de terminar las vacaciones se sentía ansioso por volver al colegio. Las clases como única forma de mantener la cordura, restablecer un equilibrio que de antemano sabía perdido. De sus cuarenta y dos años de matrimonio quedaban una casa en la Campestre Churubusco, la cual se sentía demasiado grande y vacía, y una hija, Gabriela, que llamaba una o dos veces a la semana y solía visitarlo cada domingo. Decir que su esposa estuvo en el lugar equivocado a la hora equivocada sería simplificar la cuestión. Decir que hubo un error, que la persona encargada de manejar las cosas allá arriba se había confundido, se acercaba, aunque no demasiado, a la verdad. Decir que Dios era un cabrón que se divertía martirizando a sus criaturas igual que un niño idiota tortura insectos solo por placer, daba directo en el blanco.


Ahora, Ana Luisa estaba muerta y Quirarte prisionero. Aparte del creciente dolor en la espalda y en las articulaciones, al profesor le preocupaban la falta de alimento y la posible deshidratación. Sobre todo le preocupaba que si no lograba salir pronto de allí, esa maldita caseta de plástico iba a convertirse en su ataúd.


2


Como todos los días, la tonadita electrónica del despertador Sharp sonó a las seis de la mañana para proclamar orgullosa que un nuevo día estaba por comenzar y había que apurarse para iniciarlo a tiempo. El canto duró solo un instante; despierto desde hacía un buen rato, el profesor desactivó el botón al segundo pitido.


Aunque no tenía sueño permaneció acostado observando el techo de tirol. A esas horas, con la luz del amanecer filtrándose a través de la cortina, la superficie mostraba una consistencia grumosa que le hizo pensar en la superficie de un huevo tibio. ¿Cuánto tiempo tenía de no comer uno? Durante muchos años un huevo tibio acompañado de un vaso de leche con Nescafé y un pedazo de pan habían sido su desayuno de batalla. La especialidad matutina de Ana Luisa: se justificaba diciendo que el huevo tibio (ni duro ni crudo, un término medio de consistencia líquida, sazonado con sal y unas gotitas de limón) era rápido de hacer y mucho más rápido de comer. Bastaban unos tragos y adiós, córrele, Rubén, se te hace tarde y todavía tienes que llevar a Gaby al colegio.


Anilú ya no estaba. Y sin ella los huevos tibios se habían acabado. Lo mismo los molletes y los frijoles refritos, los chilaquiles, el chorizo con papas y las quesadillas con epazote. No es que el profesor fuera incapaz de prepararse algo; simplemente trataba de utilizar la estufa lo menos posible. Las llamas lo ponían nervioso.


Un despertar muy distinto, de eso no había duda. Tan diferente como lo podían ser entre sí unos huevos tibios y unos huevos revueltos. ¿Y qué tanto traes con los malditos huevos, Rubén? Levántate porque se te va a hacer tarde y deja de andar… huevoneando.


De mala gana el profesor hizo las cobijas a un lado. Antes de levantarse permaneció sentado en el borde de la cama. Aunque cada noche dormía menos, últimamente le costaba más trabajo levantarse, dejar atrás el lecho calientito y decidirse por fin a enfrentar el día. A veces, cuando estaba con Ana Luisa, ambos se tapaban hasta la cabeza y el profesor, fingiendo tiritar de frío, la abrazaba y le decía: imagínate que estamos en el Polo Norte y solo quedamos tú y yo para darnos calor.


Esa mañana no hacía un tiempo gélido ni de lejos. El reporte meteorológico de El Universal había pronosticado una máxima de 30 grados. Aunque por lo general la gente del clima no resultaba muy confiable, no había motivo para suponer una exageración. Los últimos días habían sido un infierno.


Aunque marzo era también un mes engañoso. Vaya si lo sabían él y su esposa. El cumpleaños de Anilú caía el 20 (dentro de quince días, muchas gracias) y ella siempre se mostraba indecisa entre una espiritual Piscis o una pragmática Aries. Quizá un poquito de las dos cosas.


El problema de marzo, aparte de la doble personalidad de su esposa, era que nunca podían anticipar el clima. Si programaban una carniza en el patio trasero de la casa, caía un aguacero de aquellos y echaba todo a perder. Lo mismo si decidían salir a comer o a cenar: la última vez llegaron empapados a la Exhacienda de Tlalpan. Por otro lado, si permanecían en casa y organizaban una reunión con Gabriela y las hermanas de Ana Luisa (Carlota y Jimena; el profesor tenía meses sin contactarlas… no sabía qué decir cuando hablaba con ellas), brillaba un sol tan grande como una pelota de playa rebotando en el cielo.


Total, para su esposa marzo era un mes indeciso, igual que ella, y Quirarte estaba de acuerdo.


Indeciso y maravillosamente encantador.



3


Cuando el profesor por fin se levantó, un dolorcito en la espalda, la zona de las lumbares 4 y 5, uno de sus talones de Aquiles, le recordó que, efectivamente, los días de barullo y risas en el Polo Norte habían terminado. Quedaban las mañanas silenciosas y las rutinarias molestias marca Inapam.


Aunque todos los días se prometía no hacerlo, Quirarte no pudo evitarlo y echó una mirada hacia el lado derecho de la cama, el lado de Ana Luisa, esperando ver a su esposa entre las cobijas con el cabello revuelto, roncando ligeramente. Su mundo nuevamente en orden y en paz; las cosas de vuelta a un estado perfecto.


Era una idea absurda, lo sabía.


Pero aun así…


No había nadie, por supuesto. El lado de Ana Luisa en la cama aparecía intacto, como si el lecho estuviera dividido: usado, no usado; tendido, destendido. Vivo, muerto.


El profesor dejó escapar un suspiro y se dirigió al baño. Apenas había dado unos pasos cuando la programación automática se activó y su vejiga emitió la señal de alarma. De cero a cien en segundos. Tanque lleno a punto de explotar.


Quirarte apuró el paso y en el camino estuvo a punto de tropezarse con sus propios zapatos. Apenas llegó a tiempo; un instante más y esas tímidas gotitas, en vez de caer en el excusado le habrían mojado los calzones y el pantalón. No hubiera sido la primera vez… ni la segunda, carajo. Con la edad uno cedía cierta dosis de dignidad. Empezaba con pequeñas derrotas: un recuerdo perdido por allí, una laguna por allá, actividades cotidianas como sacar la basura o manejar el auto se hacían un poco difíciles. En el caso del profesor, donde más lo resentía era a la hora de dar clases, cuando palabras comunes, definiciones repasadas una y otra vez a lo largo de tantos cursos, se le borraban de repente.


—¿Qué es “ciudadanía responsable”, profesor?


—Ciudadanía responsable es… No puedo pasarme repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Si no te acuerdas, búscalo en tus apuntes.


Pero no era lo mismo olvidar la definición exacta de “ciudadanía responsable” o los principios del artículo 26 de la Constitución (“toda persona tiene derecho a la educación. Esta debe ser gratuita y obligatoria”) que olvidar el concepto de “ética”, el nombre mismo de su materia: Formación cívica y Ética III. Le había pasado un par de veces y eso debió ser una señal para aceptar que quizá ya estaba muy viejo para seguir lidiando con adolescentes.


Aunque tenemos otros métodos para sobrellevar las cosas, ¿verdad, Rubén?


El profesor no hizo caso. Dejó que el pensamiento resbalara, igual que el escaso chorro de orina que escurría sobre la cerámica del excusado hasta desembocar en el agua depositada en el fondo. Se sacudió varias veces hasta asegurarse de no dejar ninguna gotita rezagada, se acomodó el pantalón de la piyama y le jaló al baño. Al menos esa parte del ritual matutino estaba resuelta. Ya tendría tiempo de afrontar sus problemas más tarde.


O más temprano.


O en ese instante para ser precisos.


Porque mientras se lavaba los dientes (uno de sus orgullos: aunque su cuerpo tenía sus fallitas, su dentadura había sobrevivido con decoro. No intacta, como atestiguaban varias coronas y puentes, pero aguantando firme y sin necesidad de sustitutos. La gente de Corega bien puede buscarse otro tarugo, pensaba satisfecho. Porque este se les fue vivo) se dio cuenta de que el baño continuaba siendo territorio Anilú. En un extremo del lavabo, recargados junto a la pared, se hallaban un montón de frascos y envases de crema Pond´s, Avon, Palmolive, Nivea; más a la derecha los cepillos para el cabello de su esposa dentro de una lata forrada con papel tapiz, regalo infantil de Gaby por el Día de las Madres (el supuesto “costurero” terminó como “cepillero”). En el entrepaño debajo del lavabo seguían los envases de Miss Clairol, frascos de todo tipo y una caja de zapatos Canadá llena de medicinas, la mayoría tan caducas como la Constitución de 1857.


Al ver aquellos objetos, artículos sin importancia que en otro contexto pasarían desapercibidos, Quirarte pensó que ese fin de semana sería bueno hacer limpieza y retirar las cosas inservibles: tirarlas, regalarlas, hacerlas desaparecer. Su presencia resultaba demasiado dolorosa.


No lo haría. Ni ese fin de semana ni el siguiente ni el mes próximo ni nunca. Esos objetos, junto con la máquina de coser, las carpetas tejidas sobre los muebles, las campanitas de la vitrina, las hortensias, bugambilias y alcatraces del jardín (sus plantitas, otra de las adoraciones de su esposa) eran lo único que le quedaba de Anilú.



4


Por no dejar el profesor desayunó un vaso de leche caliente con Nescafé y un pedazo de bolillo (un poco duro porque en vez de guardarlo en una bolsa de plástico, como mil veces le había dicho Ana Luisa, lo dejó en la bolsa de papel de la panadería). No le importaba; ni siquiera tenía hambre. Comía porque algo debía llevarse a la boca, aunque trataba de hacerlo rápidamente para pasar el menor tiempo posible en la cocina (otro de los sitios que consideraba territorio Anilú). La estufa y la mesa lucían limpias y ordenadas, el fregadero con apenas algunos vasos y platos asomando del interior. La señora Elba iba dos veces por semana, lunes y jueves, a hacer la limpieza. Se trataba de una mujer robusta y compacta; en verano solía regalarle bolsas de manzanas y ciruelas del mero Zacatlán. Luego de la muerte de Ana Luisa se acercó a Quirarte y le prometió rezarle todos los días a “san Juanita” para que el alma de la señora Ana estuviera siempre con Nuestro Señor.


Antes de abandonar la casa, el profesor hizo una parada en la vitrina: abrió el cajón de hasta abajo, removió entre los manteles, sacó una anforita de medio litro de Presidente Solera y la guardó en su chamarra. Según sus cálculos era la quinta de la semana. ¿O la sexta? El profesor nunca fue dado a la bebida. Le entraba de vez en cuando, en fiestas y navidades y eventos por el estilo. La situación había pasado de dos o tres copitas antes de dormir, remedio contra los fantasmas, a una o dos copas en la mañana, cuatro o cinco sorbos a escondidas en el baño de la sala de maestros, cinco o seis tragos por la tarde y quién sabe cuántos al final de la noche. Supo que las cosas se estaban poniendo difíciles cuando se descubrió tirando una bolsa con cuatro botellas vacías de Presidente en uno de los botes de basura del parque de la Vía[1] Láctea por temor a que Gabriela las descubriera y comenzaran las preguntas. Una semana antes se había desecho de otras tantas. Y la semana anterior. Y la anterior.


–¿Sabías que el brandy es la única bebida que no te deja aliento? —escuchó bromear a Velarde, su amigo de toda la vida—. No te deja aliento para levantarte ni para moverte ni para nada.


Velarde estallaba en carcajadas, , sus ciento veinte kilos de peso bamboleándose a causa de la risa. Ni modo de corregirlo y decirle que en realidad esa broma solía aplicarse al vodka, no al brandy. Daba igual: vodka, tequila, ron… Velarde se las ponía con lo que hubiera a la mano.

La vida tampoco te deja aliento para mucho, hubiera respondido Quirarte de tener la oportunidad. Velarde había muerto una década antes, igual que el Güero Pineda y Mariana Robles, la mejor amiga de Ana Luisa.


—¿Te has fijado cómo nos vamos haciendo menos? —comentó alguna vez con su esposa, mientras observaban el noticiero de López Dóriga.


—Al menos tú y yo estamos juntos —respondió ella—. Con eso me basta.


Ana Luisa le dio un tranquilizador beso en la mejilla y lo abrazó hasta quedarse dormida. Aunque el profesor se entretuvo un rato viendo la tele, en su mente la cuestión siguió dando vueltas.


Que sea yo antes que Anilú, pensó de pronto. Avergonzado, intentó apartar ese pensamiento, devolverlo al sitio oscuro de donde había salido. Lo consiguió… pero no antes de que una idea horrible, tan simple y egoísta como verdadera, se abriera paso.


No soportaría vivir sin ella.



5


Alex Lozada se hallaba a una cuadra de la secundaria del CESHYC comiendo un raspado de chamoy con sus amigos, Roni y el Papota, cuando distinguió a lo lejos, entre el río de automóviles que empezaban a aglutinarse en la calle de la secundaria, la carcacha del profesor Quirarte, mejor conocido como el señor Shar Pei. También, por qué no decirlo, como el-pinche-anciano-decrépito-que-nos-quiere-reprobar. Ya se llevaría una sorpresa el ruquito ese. Porque ni Alex ni los otros estaban dispuestos a pasar otro año en ese colegio ñoño. No cuando en la prepa estaba el desmadre. Krusty, el hermano mayor de Alex, se la pasaba de antro y cogiendo todo el tiempo. Y el papá de Alex le había prometido a su hijo un Ibiza Sport cuando saliera de la secundaria. Demasiadas cosas en juego.


—Ahí va ese güey —murmuró Alex.


—¿Quién? —preguntó el Papota.


—¿Cómo quién, pendejo? El pinche ruquito.


El Papota se volvió a mirar hacia el estacionamiento. Una gota roja de chamoy escurrió de su raspado y cayó en su camisa.


—Ya te manchaste —dijo el Roni.


—¡No mames!


Como pudo, el Papota se limpió la playera. Si antes parecía una gota de sangre, la mancha de chamoy semejaba ahora un brochazo abstracto sobre un lienzo blanco.


—Estás bien pendejo —dijo el Roni entre risas.


—Vete a la verga.


Indiferente a sus amigos, la vista de Alex siguió fija en el automóvil. El profesor se la había jalado a la hora de calificar. El sistema del CESHYC se dividía en cuatro periodos, cuyas calificaciones se promediaban al final del curso. La máxima calificación era 10, la mínima 6. Si obtenías 5 o menos, estabas reprobado.


Alex había sacado 7 en el primer periodo (el profesor todavía no le agarraba mala onda), 6 en el segundo (el pinche viejo se estaba pasando), 5 en el tercero (ese anciano hijo de su pinche madre la traía contra él). Para obtener un promedio aprobatorio, aunque fuera de panzazo, necesitaba aprobar el último periodo. Un 6, con eso la libraba. Pero el examen final había estado perrísimo. Según el profesor iba a ser tranquilo, únicamente lo visto en clase. Resultó una serie de treinta preguntas (sin opción múltiple, como también había prometido) súper enredadas. Y si en algún momento el profesor Quirarte explicó la definición de ciudadanía responsable o las implicaciones de la equidad de género, Alex no se había enterado.


Ahora, el futuro del adolescente estaba en peligro: su Ibiza, las fiestas, el rollo de la prepa. Solo de imaginarse otra vez de uniforme, honores a la bandera, eventos idiotas, estar todo el tiempo aguantando a los titulares del grupo…


Y todo porque ese cabrón me odia.


Debía ser, porque con ningún otro alumno, ni siquiera con el Papota, que era un imbécil, se había manchado tanto. En el último examen, sin ninguna razón lo cambió de lugar. Hasta el frente, donde pudiera vigilarlo. El acordeón de Alex agonizó en el bolsillo de sus pantalones y no hubo oportunidad, ni una sola, de sacarlo. Parecía que el anciano nomás lo estuviera cuidando a él.


—Ya, cabrones, dejen de estar haciendo mamadas. —Alex le dio un golpe en el hombro al Papota.


—No mames, ¿qué pedo?


—Tenemos que arreglar este desmadre —dijo Alex.


Dio vuelta y se encaminó hacia la secundaria. Sus amigos se apresuraron a seguirlo.



6


Como parte del Festival de Blancos y Rojos, el estacionamiento de profesores del CESHYC se había adaptado para poner puestos de aguas y jugos, fritangas, tacos, sándwiches y varios stands que ofrecían artículos relacionados con la escuela. Desde playeras: I LOVE CESHYC y EDUCACIÓN INTEGRAL PARA UNA VIDA MEJOR, hasta pins, gorras, pulseras y muñequitos de peluche de Cecy, el león blanco con playera roja, la mascota oficial del colegio. Como todos los años, los maestros tenían dos opciones: dejar el auto en la calle (si encontraban lugar) o llegar en taxi.


Y si no les gusta… que se frieguen, imaginaba Quirarte decir a Sonia Montenegro, la directora. Entrada en los cuarenta, se veía mayor con el cabello esponjado y las plastotas de maquillaje. Sonia Mononegro la apodaban los alumnos. El sobrenombre se transmitía de generación en generación y de vez en cuando aparecía alguna pinta en el baño de hombres o en la barda de Las Parcelas, el terregal reseco detrás del edificio de segundos que alguna vez sirvió a los alumnos para sembrar frijol o maíz como parte de sus prácticas de biología. Nunca se dio nada en la tierra yerma; cuando cambió el programa, esa zona de la escuela cayó en el olvido.


A SONIA LE GUSTA EL PITO


MONONEGRO SUCKS


Los letreros se borraban de inmediato y en respuesta se iniciaba una nueva campaña de concientización: El alumno que sea sorprendido causando daños a las instalaciones de la escuela será expulsado.


Aunque Quirarte nunca lo hubiera reconocido, en el fondo esos letreros le daban risa. El profesor sentía —sabía— que Sonia odiaba el colegio. Nunca trabajó como maestra; ni siquiera terminó la licenciatura. Sus méritos académicos se reducían a estirar la mano y dar las gracias cuando su papá (Ezequiel Montenegro, ese sí un tipazo) decidió que ya era muy viejo para seguir con las obligaciones escolares. Tenía sesenta y cinco años cuando cedió la estafeta; seguro se habría sorprendido al ver a Quirarte, con casi setenta a cuestas, al pie del cañón lidiando con los mounstrilios. Y no hubiera sido el único. Los profesores jóvenes: Sandra, la maestra de educación física; Armando, el de español, y Ramiro, el profesor de ciencias, lo veían como si Quirarte perteneciera a la época de las cavernas.


—Son cosas tuyas, pura paranoia —le decía Ana Luisa cuando el profesor le contaba sus impresiones—. Ni se te nota que ya vas por los setenta. Cuando mucho te ves de unos… sesenta y ocho.


Su esposa estallaba en risas y luego le juraba no, cómo crees, apenas te ves de sesenta, incluso menos. Quirarte ponía cara de enojado y ella fingía consolarlo, y la vida que compartían parecía fluir y fluir, sin imaginar siquiera que nubes oscuras (nubes de fuego) se insinuaban peligrosamente en el horizonte.


Por segunda vez en el día el profesor Quirarte sintió que la ausencia de su mujer le provocaba un dolor físico; empezaba en el pecho y se extendía al resto del cuerpo. La necesidad de su primer trago (el segundo, Rubén, no te hagas, le diste un buen sorbo antes de salir) se volvió apremiante, una respuesta desesperada al vacío provocado por los recuerdos.


Un Jetta tocó el claxon varias veces; el profesor orilló el LeBaron unos metros para cederle el paso. Las dos mujeres en la parte delantera se le quedaron viendo como si fuera un imbécil.


—Váyanse al demonio —murmuró el profesor.


Pasó de largo por la ya congestionada Eustacio Valle, la calle del CESHYC, y siguió de frente hacia su estacionamiento secreto.



7


Lo descubrió por casualidad años atrás. Harto del hormiguero escolar generado por los numerosos eventos del colegio (Festival de Blancos y Rojos, Festival de Ciencias, Día de las Madres, entrega de calificaciones; tendríamos que darles también un diploma a los padres por su asistencia) se siguió de largo, y en vez de tomar por Gastón Avelar continuó de frente un par de cuadras y —ese era el secreto— se metió en sentido contrario por Luis Carbajal, una callejuela maltrecha pegada al enorme baldío que colindaba con la parte trasera de la escuela. En tiempos de Ezequiel Montenegro, el terreno se adquirió para construir la preparatoria del CESHYC. Cuando Sonia quedó a cargo decidió que con la secundaria ya tenía suficientes responsabilidades y empezó a rentar el baldío como estacionamiento público.


Durante la semana el terreno bardeado, tan grande como una cancha de futbol, lucía lleno. Los fines de semana era otro cantar. Con las oficinas del rumbo cerradas ni quien se parara por ahí. De cualquier manera, el baldío quedaba demasiado retirado de la entrada principal de la escuela como para usarse como estacionamiento para eventos. En Radio Pasillo del CESHYC corría el rumor de que Sonia estaba peleada a muerte con el arrendatario. Pedirle prestado —o pagar, válgame Dios— por un terreno que en última instancia era suyo, ni hablar. Conociendo a Sonia, hubiera preferido irse caminando desde su casa en Tres Cruces antes de doblegarse ante nadie.


Quirarte solía dejar el auto en la calle, brincar la gruesa cadena de la entrada (el encargado iba de lunes a viernes, ¿qué iban a robarse de aquel terreno pedregoso?), cruzar el baldío, y voilà!, salir a la parte trasera del colegio, justo detrás de Las Parcelas. El recorrido a partir de allí habría sido larguísimo, casi veinte minutos de caminata, de no ser por una puerta semioculta en la reja. Estaba cerrada con un candado Master Lock de los grandotes, nada comparado con las porquerías de ahora. No se usaba desde tiempos inmemoriales y el profesor sospechaba que ya nadie recordaba su existencia. Don Adalberto, uno de los antiguos conserjes del CESHYC (jubilado desde hacía diez años, otro a la lista de bajas), le prestó una copia de la llave cuando un grupo de alumnos voló “por accidente” la mochila de una de sus compañeras al baldío. Quirarte olvidó entregar la llave; después la encontró y nunca la devolvió.


Después de tanto tiempo el candado seguía siendo el mismo; oxidado, cierto, pero aguantando firme al pie del cañón. Anilú se reía diciendo que el remedio salía peor que la enfermedad, y no seas flojo, Rubén, mejor deja el coche en la Comer de San Fernando. Y sí, pensándolo bien, quizá resultaba un poco complicado eso de dar la vuelta, abrir el candado, cuidarse de no ser visto. Uno de esos días se iba a encontrar con que alguien había cambiado el candado o con el mecanismo del Master Lock roto luego de tantos años de batalla. Entonces sí: adiós atajo y a dar la vueltota. Es cierto, Anilú, ni hablar, tienes razón. Pero hasta que ese momento llegara, el baldío era su camino secreto, su estacionamiento privado, y al profesor le gustaba la idea de tener un acceso propio al colegio, aunque fuera solo una méndiga reja olvidada.


Estacionó el LeBaron frente al terreno. Antes de abandonar el auto sacó de la chamarra la anforita de Presidente y le dio un largo trago. El sabor dulzón del brandy impregnó su boca, calentó su garganta, y de alguna manera Quirarte se sintió mejor. Devolvió el frasco a su sitio en la chamarra, donde pasaba desapercibido. Antes, la botella no cabía; ahora, el bolsillo interior había dado de sí y se adaptaba perfectamente. Cruzó el baldío con cuidado, esquivando unas cuantas manchas de aceite quemado en el sendero. A un lado, pegada junto a una barda llena de pintas (LOS OJOS DEL JAGUAR DISPARAN MEDIANOCHE, SMUCKIS BAND, LA TROLE RIFA, CANDELARIA RULES) se alzaba una caseta de plástico con el letrero RENTOILET remachado sobre la puerta. Al fondo del terreno se veían la reja de Las Parcelas y el edificio de segundo año. Dominando el panorama se distinguía también un globo aerostático rojo con las letras CESHYC grabadas en blanco. Sonia lo mandó hacer porque, según ella, simbolizaba el vuelo de los alumnos gracias a una educación integral, y lo utilizaba solo en eventos especiales.


Sigue el gran corazón volador, pensó Quirarte con una sonrisa, y continuó abriéndose paso a través del baldío.



8


El profesor se incorporó al festival como si nada, feliz de haberse salido con la suya y usar su entrada secreta sin mayores problemas. Entre la gente se encontró con Luzma, la maestra de Matemáticas. Quirarte esperaba que le preguntara cómo había entrado (por la puerta principal, por dónde más); Luzma estaba demasiado atareada. En lo que a ella concernía, el profesor podía flotar desde su casa o teletransportarse en una máquina del tiempo. Solo le interesaba que él se encontrara listo para entrar en acción.


—Apúrate, Rubén. Te toca dar la bienvenida.


—¿Otra vez?


—No te hagas. Dile a Rogelio que ya estás.


Desde hacía algunos años (siete, en realidad, a partir de que Gracielita se jubiló) le correspondía al profesor Rubén Quirarte dar el discurso de bienvenida a este importante y significativo evento, donde se combinan las habilidades deportivas de nuestros alumnos con su determinación y firmeza para competir, en un ámbito de justicia y equidad, en busca del triunfo.


Luzma siguió de largo sin esperar respuesta y fue a arrear a varias niñas de primero. ¿Ustedes qué? Moviditas, ya empezamos. Mientras tanto, Quirarte se dirigió hacia el podio de presentaciones, una tarima de madera casi con tantos años en la escuela como él. En el camino se encontró a Ixchel, la profesora de Física, y a Gonzalo, el titular de primeros, corriendo de un lado a otro. Todo mundo parecía ocupado menos él.


—Profesor, necesitamos hablar con usted.


Tres adolescentes obstruyeron el paso. El güerillo, un chaparrito de ojos claros, lo miraba desafiante. En cada curso había alumnos así. Acostumbrados a salirse con la suya, a ir contra las reglas, sin respeto por nada. Expulsados de otras escuelas, malas calificaciones, padres por lo general adinerados y consentidores, capaces de justificar cualquier acto de sus hijos mientras no les afectara. No le impresionaban mucho. Con tantos años de vuelo Quirarte se las sabía todas a la hora de mantener niños problema bajo control. Incluso había casos en los que esos mounstrilios le daban variedad al curso. Lo volvían interesante. Únicamente en situaciones aisladas —y esta era una de ellas— algo no cuadraba. Quirarte no podía definir exactamente qué, a excepción de lo obvio: le caían gordos. Ese chico, Alejandro Lozada, al igual que en su momento Jorge Castillo y Manolo Rivas y Julieta Ibarra y algunos otros. Simplemente no le daban buena espina.


El instinto del profesor había estado en lo cierto. A Jorge Castillo, alias el Willis, lo corrieron por andarse drogando en el baño; Manolo Rivas chocó el auto de su papá borracho y perdió un ojo; Julieta Ibarra ni siquiera acabó la secundaria: sus papás la sacaron dos o tres meses antes de terminar el curso, según esto porque se había enfermado. Todos en el CESHYC sabían que estaba embarazada. La niña tenía catorce años.


En ocasiones, el profesor Quirarte se preguntaba si debió hacer algo extra por ellos, un esfuerzo adicional. Si algo le habían dejado los años de experiencia era la certeza de que es imposible sacar adelante a todos los alumnos. Por más que uno se esfuerce, por más que se deje todo en cada clase. Su obligación, siendo realistas, era tratar de darles todas las herramientas posibles y esperar que al final escogieran correctamente. Dentro de todo el profesor tenía la sensación de haberlo hecho bien. Nunca cedió a la tentación de la mediocridad, del ahí se va, de sobrellevar las horas de clase esperando el siguiente fin de semana, las siguientes vacaciones, el siguiente curso. De vez en cuando alguno de los exalumnos, ahora ya en la prepa, incluso en la universidad, lo visitaba y le daba las gracias por sus clases. El profesor se sentía orgullosísimo.


En el caso de Alejandro Lozada la situación era clara: el chamaco no le gustaba. ¿Iba a reprobarlo solo por eso? Por supuesto que no. Si de algo se preciaba Quirarte era de ser justo. Nunca un barco, tampoco un tirano. Aunque siendo honestos, su rango de justicia podía estirarse en algunos casos y estrecharse en otros. Y con Lozada y sus otros dos amiguitos —otra característica de los mounstrilios: juntarse con uno o dos bobalicones y agarrárselos de escuderos— no pensaba estirar el umbral ni un milímetro más allá de lo estrictamente reglamentario. En pocas palabras, si los alumnos fallaban no iban a tener otra oportunidad.


Y Lozada y sus amigos habían fallado.


Había calificado los exámenes finales la noche anterior. Como siempre, Lupita Anduaga fue la más alta: un 10 perfecto, respuestas impecables… bueno, hasta la letra tenía bonita la méndiga chamaca. (No podía decirse lo mismo de su físico: era pálida y cachetona, con los ojitos papujados y dientotes de conejo.) La segunda mejor calificación correspondió a Andrea López; el tercer lugar —y esa fue toda una sorpresa— resultó ser Enrique Tenorio, un chamaquito frágil y copetudo que daba la impresión de tener diez años; sus amigos lo apodaban Sparky. La lista continuaba en descenso, pasando por Lucía Villalpando, Gabriel Menéndez, Paz Alicia del Valle, Rodrigo Nieto (alias el Roni), que apenas la había librado con 6. No así sus amigos: Alejandro Lozada únicamente respondió bien trece de las treinta preguntas; tampoco entregó tareas ni trabajos; no participaba en clase ni presentó su cuaderno a revisión (un punto adicional, cortesía de Quirarte, a los alumnos con los apuntes completos). Nada que hacer. En cuanto a Patricio Echenique, el popular Papota, había sacado 2.6. El pobre no escribió bien ni su nombre.


—Profesor, necesitamos…


—Ya los escuché. Ahorita no puedo. El lunes después de clase.


—Pero usted dijo que el lunes iba a pasar calificaciones.


—¿Y?


—Pues queremos hablar antes —dijo Lozada.


El profesor Quirarte estaba a punto de responder que no tenía nada que hablar con ellos y si tenían algún problema con las calificaciones lo consultaran con la titular de terceros. Rogelio llegó corriendo hasta él y lo interrumpió.


—Profesor, ya llegó Sonia. Lo estamos esperando.


Quirarte no quiso dar la impresión de ser demasiado estricto enfrente de su compañero.


—Acabando el festival en la sala de maestros —comentó de mala gana, y se encaminó junto con Rogelio al podio de ceremonias.



9


A la mitad del evento la contienda estaba prácticamente decidida. El equipo Rojo llevaba una ventaja de más de 200 puntos: 421 contra 219. Ni las porras ni las pancartas ni los gritos de los padres parecían capaces de levantar el ánimo de los blancos; apáticos y acalorados, no daban la menor muestra del espíritu CESHYC que tanto enorgullecía a Sonia.


Mientras observaba cómo los rojos masacraban a sus adversarios, el profesor descubrió con sorpresa que se sentía irritado, como si la actitud derrotista de los alumnos le molestara en extremo. Tuvo ganas de gritarles: ¡carajo, blancos, muevan las pinches piernas! Lo cual era rarísimo, considerando que en sus casi cincuenta años de servicio (y treinta y siete en el CESHYC) no había dicho, ni por error, una leperada enfrente de los alumnos. Ni con sus compañeros de trabajo. Por ahí alguna mala palabra con Ana Luisa, en casos muy esporádicos, lo porque de plano porque ya no aguantaba. Y nunca contra ella, por supuesto, ni contra su hija. En materia de groserías, su vocabulario no pasaba del carajo, el pinche y, en el colmo de la exasperación, con una chingada.


No siempre fue así. En sus tiempos de la Normal Superior de Maestros, unos veinteañeros Velarde y Quirarte se daban vuelo soltando peladeces. Entre ustedes dos se la ganan a Palillo, les decía Mabel Villanueva, una de sus compañeras. Con el tiempo, Quirarte se había aplacado. Su amigo se burlaba de él diciendo que su esposa lo había vuelto igual de mocho que ella.


—Ella no es mocha, Velarde. No exageres.


—Ay, Rubén, ya contigo pa’ qué discutir.


El competidor de los Blancos seguía rezagándose; el primer lugar le sacaba casi una vuelta de ventaja. De nuevo, Quirarte tuvo deseos de gritarle que se apurara. No solo eso: quería entrar al campo y darle un par de bofetadas para espabilarlo. ¿No puedes correr rápido, carajo? ¿No puedes mover las méndigas piernas, con una chingada?


Velarde se hubiera sentido orgulloso por el regreso del “auténtico Quirarte”. El profesor, en cambio, no entendía qué le pasaba. Oprimió los puños para contener la rabia y mantenerse ecuánime mientras el corredor rojo seguía sacando ventaja. Del blanco ni hablar: trotaba, casi caminaba hacia la meta. A esa velocidad iba a llegar pasado mañana.


Quirarte sintió de repente muchísimo calor. El sudor le llegaba en oleadas cada vez más intensas. Su esposa se las había visto negras durante la menopausia: un instante bien, al otro empapada en sudor. En su bolsa, aparte de lentes oscuros, medicinas de todo tipo (desde cafiaspirinas hasta Diazepam), maquillaje, paquetitos de kleenex y dos o tres cajitas de Tic-Tac, siempre cargaba un abanico de plástico con florecitas grabadas que le trajo de Japón una de las amigas con las que se reunía en casa de Dorita Sandoval, la vecina de Cerro del Crestón. Quirarte se reía y las llamaba El club de las beatas porque cada sábado organizaban lecturas comentadas en las que el padre José Luis, el párroco de la iglesia de San Miguel Taxqueña, explicaba algún pasaje de las Sagradas Escrituras y conversaba un rato con sus fieles. (Por lo general, los mismos de siempre: Dorita, Ana Luisa, Nuria Gómez, Victoria Espejo, Renalda la Bruja). El padre José Luis cobraba trescientos pesos por la visita y al final ese dinero (ni modo de cobrarles, Rubén, no inventes), acababa saliendo de los bolsillos de Dorita y Ana Luisa.


Quirarte bromeaba con su esposa diciéndole que ya estaba muy grande para convertirse en monja.


—No es de monjas, no seas menso —respondía ella enfurruñada—. Además sirve para distraerme.


Y por supuesto le sirvió. Si ser quemada viva puede considerarse una forma de distracción.

El profesor sintió que el aire en las tribunas se había vuelto irrespirable. Bocanadas hirvientes entraban por su garganta y le raspaban los pulmones. Necesitaba largarse de allí, alejarse de toda esa gente, olvidarse de los equipos blanco y rojo, de sus compañeros y del mundo. A su lado, el público continuaba con sus gritos estridentes y sus porras, apoyando a un montón de escuincles mimados e irresponsables. Una mujer en los treinta, morena y con blusa verde, levantaba los brazos y protestaba airadamente, como si en la cancha estuviera ocurriendo una injusticia terrible. La piel del antebrazo se encontraba cubierta de ampollas hinchadas a punto de reventar. Junto a ella, un adolescente de sudadera gris observaba con indiferencia su celular: tenía parte del cuello y la mejilla carbonizados; lunares de piel en carne viva salpicaban las costras oscuras.


Asustado, Quirarte desvió la mirada hacia el resto de los asistentes. Un anciana de pants blancos tenía la mitad del cuero cabelludo quemado; entre las estrías rojas que le recorrían la cabeza alcanzaba a distinguirse parte del cráneo. Una güera con playera de tirantes mostraba la piel de la espalda abrasada hasta los omóplatos.


—¡Vamos, blancos, todavía se puede! —gritó un tipo de playera tipo polo azul y cabello entrecano. Su rostro humeante y desfigurado le recordó al profesor un trozo de bistec a la parrilla.


Cerró los ojos y respiró profundamente intentando controlar las náuseas. Aun con los ojos cerrados seguía observando la piel ampollada, la carne viva. El olor a carne carbonizada se le metió por la nariz y la boca, invadió sus pulmones. ¿Cómo era posible que la gente no se diera cuenta? Se estaban quemando vivos, la tribuna se encontraba a punto de estallar en llamas. Alguien debía gritar, advertirles, hacer algo.


No se dan cuenta porque no es real, Rubén.


Por supuesto, nada de lo que sucedía era real. El público presente, la gran familia del CESHYC, no había perdido a nadie en ningún incendio. No tuvieron que firmar el acta de defunción ni esperar cinco días de autopsias ni soportar que el doctor meneara la cabeza (recuérdela como era, señor Quirarte, es lo mejor) cuando le preguntó si podía ver el cuerpo. Ninguno de los familiares de los equipos Rojo y Blanco despertaba a medianoche, incapaz de recordar nada a excepción de unos fulgurantes ojos naranjas observándolo en la oscuridad. No vivían perseguidos por las preguntas: ¿Cuánto sufrió? ¿Cuánto dolor soportó antes de morir? Nadie tenía que autoconvencerse todas las noches (aun sabiendo que era mentira) y pensar: fue rápido, los nervios se entumecieron al primer contacto con la llamas y después…


Una mano ardiente se posó sobre su hombro.


El profesor sintió como si un hierro al rojo vivo lacerara su piel. Sobresaltado, se apartó de golpe y abrió los ojos.


La mujer de blusa verde lo observaba preocupada.


—¿Se siente bien, señor?


Quirarte no respondió. Se llevó la mano al sitio donde lo habían tocado tratando de apagar un fuego inexistente. Miró a la mujer de blusa verde (las ampollas en su piel habían desaparecido), luego hacia el resto de los asistentes al Festival de Blancos y Rojos, quienes seguían animando a sus equipos. Ni una quemadura ni un gesto de angustia. Solo los gritos y las porras; las expresiones de triunfo cuando el corredor de los Rojos cruzó la meta.

Sin responder, el profesor se levantó de su lugar y caminó por el pasillo de las gradas rumbo a las escaleras. A su paso, familiares y espectadores debieron mover las piernas o de plano levantarse para cederle el paso. Una cuarentona de cara pintarrajeada hizo una mueca de fastidio, como si el profesor interrumpiera la final de las Olimpiadas. A Quirarte no le importó. Necesitaba salir de las tribunas, alejarse de toda esa gente, tomar un momento para recuperarse.


Necesitaba un trago.

Ernesto Murguía, 2020