• Ernesto Murguía

Socios distinguidos

Actualizado: 12 de ago de 2017


La entrada de Videovisión era una pequeña puerta metálica, sin letreros ni indicaciones, oculta entre los portones y los garajes de la colonia Del Valle. Armando pasó de largo dos veces, nunca la hubiera encontrado de no ser porque estuvo a punto de chocar contra un hombre que iba saliendo del local. El tipo tendría unos cuarenta años, vestía pants arrugados y daba la impresión de no haber dormido en días. Llevaba tantas películas que apenas podía con ellas.


Con razón está tan jodido, pensó Armando. Debe pasarse día y noche pegado a la tele.


—¿Se te ofrece algo, corazón?


Armando se encontró con el rostro de una mujer observándolo desde la entrada. Llevaba un vestido holgado, de bolitas rojas y blancas, que no alcanzaba a ocultar su sobrepeso. El cabello corto y su rostro redondo y lleno de pecas le daban un aire infantil. Armando la imaginó en una casa llena de gatos, leyendo novelas de amor mientras devoraba una caja de bombones.


—Vengo de parte de José Luis Rubiales. Busco a la señora Lucía Fernanda Arce.


—Puedes decirme Lucy.


La mujer se hizo a un lado, invitándolo a pasar. Armando se sorprendió al encontrarse en un pasillo largo, limpio y bien iluminado, con estantes repletos de películas en ambas paredes.


—Nos gusta que nuestros socios estén como en casa —dijo Lucy al notar su expresión.


—¿Viene mucha gente?


—Preferimos calidad que cantidad. Pocos clientes, pero bien escogidos


—Pues tienen un buen de películas.


—Más de cinco mil, aparte estrenos. Muchas de ellas no se consiguen en México. De hecho…


—Lucy bajó la voz como si estuviera a punto de revelar un secreto—, muchas no se consiguen en ningún otro lado.


Un escritorio de madera hacía las veces de mostrador. En la pared, el póster de un espectro de caricatura ofreciendo un dvd y un letrero: Los retardos los cobramos carísimo.


—Siéntate, corazón —dijo Lucy señalando una silla frente al escritorio—. Primero las reglas: las películas son para uso personal. No se permiten copias ni préstamos.


Y de pendejo les diría si las copio, pensó Armando, haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza.


—Es muy importante que devuelvas las películas a tiempo, y sobre todo, que las veas. No hay nada más triste que una película desperdiciada.


Armando volvió a asentir.


—¿Me lo prometes? —insistió Lucy.


—Claro.


La mujer pareció aliviada.


—Por último. Aunque el videoclub está lleno es importante que, cuando te lo pida, nos ayudes a invitar a otros socios.


—Pocos clientes, pero bien escogidos.


—Exacto.


Lucy sonrió mostrando unos dientes manchados de tabaco y café que contrastaban con su imagen inocente y bobalicona. Abrió un cajón y le entregó un contrato para que lo firmara.


—Como nuevo socio, tu primera renta es gratis —comentó una vez que Armando le devolvió el documento.


José Luis Rubiales le dijo que era el mejor videoclub que había visto en su vida (tienes que inscribirte, cabrón. A ti y a Norma les va a encantar). A medida que lo recorría se sintió decepcionado. Vin Diesel, Liam Neeson, Jason Statham, lo de siempre. Nada que no pudiera encontrar en cualquier puesto pirata de la colonia.


Un título llamó su atención.


Arma Mortal 5.


Al principio pensó que era una broma. La sinopsis decía que un grupo de árabes llegaba a Los Ángeles con la intención de realizar un ataque terrorista masivo, cuyos objetivos incluían a los principales estudios de Hollywood. Riggs y el sargento Murtough debían entrar en acción.


Armando entregó la película. Lucy asintió al ver el título.


—Es de nuestros mejores estrenos —dijo—. Nunca falla.


Y sonriendo le entregó un recibo y un par de credenciales.


—Una para ti, corazón, y una para tu esposa. La película se entrega hasta el próximo sábado.


—Gracias, Lucy. Nos vemos el…


Armando se interrumpió al notar una portezuela entreabierta al final del pasillo. Aunque dentro estaba oscuro, le pareció que alguien lo observaba.


—Es nuestra área de socios distinguidos —dijo Lucy—. Ya llegaremos a eso.


La mujer le lanzó una sonrisa de despedida y lo encaminó hacia la salida.


Lo primero que hizo Armando al llegar a su casa fue mostrarle la película a su esposa. Norma tampoco recordaba una quinta parte, no tenía tiempo de preocuparse por eso. Eran las dos y media, iban retrasados para la comida en casa de sus papás.


La tarde con los suegros hizo que se olvidara del videoclub. Las preguntas de siempre: ¿para cuándo piensan encargar? ¿No creen que ya es hora? Los papás de Norma se morían de ganas por un bebé; Armando no terminaba de animarse.


—Pronto, pronto… —dijo para salir del paso.


Regresaron a su departamento pasadas las ocho. En lo que Norma se cambiaba, Armando horneó unas palomitas y preparó el dvd. Norma volvió con una playera larga y unos bóxers rosas.


—Donde la película sea una porquería.


—Si está mala me usas de tu esclavo sexual toda la noche.


—Un esclavo para la maestría. Eso sí que me vendría bien.


Armando puso el disco y se sentó junto a Norma. Después de unos segundos apareció un letrero: Propiedad de Videovisión: prohibida su copia o préstamo, acompañado del logotipo del negocio: el espectro de caricatura ofreciendo un dvd. En negros se escuchó la voz de Bob Dylan cantando Everything is broken. Hubo una vistosa explosión y apareció el título: Lethal Weapon 5.


Ni Armando ni su esposa volvieron a abrir la boca durante las dos horas siguientes. La película empezaba con Riggs y el sargento Murtough rescatando a un grupo de turistas atrapados por un psicópata en el castillo de la Bella Durmiente de Disneylandia. A partir de ese momento la acción era trepidante.


—Está poca madre —dijo Armando cuando terminó la película.


—¿Por qué no la habrán estrenado? —preguntó Norma.


Armando encogió los hombros.


—Al menos me salvé de ser tu esclavo sexual —dijo.


—Eso crees —respondió Norma, echándosele encima y abrazándolo con fuerza.


El lunes, mientras armaban el proyecto para el Fraccionamiento Crystal, Armando aprovechó para comentarle a José Luis Rubiales del videoclub.


—No mames que te inscribiste —dijo su amigo.


—¿Quién te entiende? Estás chingue y chingue: «métete, métete, está más chido que Netflix», y ahora la haces de tos.


Rubiales desvió la mirada.


—¿Qué te pasa, cabrón? —preguntó Armando.


—Nada, ¿qué quieres que me pase?


—De un tiempo acá andas muy pinche extraño: todo el tiempo cara de puchero, llegas tarde…

¿Qué pedo?


—Estoy en una bronca —murmuró.


—¿Por fin decidiste salir del clóset?


Rubiales volteó hacia Armando. Sus ojos parecían hechos de vidrio molido.


—¿Quieres que saliendo vayamos a tomar algo? —preguntó Armando.


—No puedo. Tengo que regresar a mi casa.


—Somos cuates, cabrón.


—Precisamente por eso —dijo Rubiales, y salió de la oficina.


Aunque tenía que entregar Arma Mortal 5 hasta el siguiente sábado, Armando aprovechó que el miércoles salió un poco más temprano y se dio una vuelta por Videovisión. Encontró a Lucy limpiando los estantes. La mujer llevaba un holgado vestido negro con florecitas y tenía el pelo cubierto con una mascada.


—Estoy a punto de cerrar —dijo al verlo.


—Nomás vengo a dejar esta película y… ¿puedo rentar otra?


Lucy meneó amistosamente la cabeza e hizo una seña para que pasara. Armando se apuró a recorrer el videoclub. Junto a Ojos bien cerrados: versión final del director y E.T.: El regreso, había una copia de Mujer Bonita 2.


No puede ser, pensó. No existe…


—¿Encontraste alguna, corazón? —preguntó Lucy.


Armando le mostró la película.


—Ya cerré la caja, me pagas cuando la regreses. La entrega es el próximo sábado.


Aunque tenían tiempo de sobra, Armando y su esposa vieron la película esa misma noche. Y les encantó: era mucho más divertida y romántica que la primera. Al igual que con Arma Mortal 5, al finalizar los créditos finales hicieron el amor.


Rubiales se reportó enfermo el resto de la semana. Armando tenía intenciones de rentar otras películas; tuvo que encargarse del Proyecto Crystal y trabajó hasta tarde. La mañana del sábado se levantó con la idea de ir al videoclub y pasar el resto del día en casa. Se lo merecía después de que el imbécil de su amigo ni siquiera tuvo la atención de decirle dónde dejó los contratos. Armando intentó comunicarse a su casa; el teléfono estaba suspendido. Su celular tampoco funcionaba.


Luego de vestirse y desayunar (Norma había salido temprano a la universidad), Armando se dio cuenta de que Mujer Bonita 2 había desaparecido. Buscó por todos lados, sin encontrarla.

Le envió un mensaje a Norma y ella le respondió que les había prestado la película a sus papás.


—Oye, la película que nos diste no funciona —dijo la mamá de Norma durante la visita del domingo.


—¿Qué tiene?


—No se ve nada —dijo el papá de Norma—. Le pongo play, pero no aparece la imagen.


—¿Seguro la está poniendo bien, suegro? Estos aparatos son complicados.


—Armando, no seas molestón —intervino Norma.


—Déjalo, hija. A ver si nuestro técnico estrella resuelve el problema.


Armando encendió el reproductor y probó la película: el disco corría perfectamente. Pero de imagen, nada.


—No, pues ya la descompusieron —dijo Armando.


—Sácate, qué —repuso su suegro.


—Ahora nos deben como diez mil millones de pesos de la reposición.


—¿Te conformas con una crema de champiñones y una carne asada? —comentó la mamá de

Norma.


—Hecho —sonrió Armando—. Y nosotros invitamos el cafecito después de comer.


El lunes fue un día pésimo. Rubiales no apareció por ningún lado y el proyecto se encontraba detenido por su culpa. Armando tuvo que ir de urgencia a buscarlo; nadie contestó. La portera tampoco sabía dónde se había metido.


Cabrón irresponsable.


Pasó el resto del día en el departamento jurídico, redactando nuevamente los contratos.

Después del trabajo se dirigió a la colonia Del Valle. El videoclub seguía abierto. Una vez dentro, Armando descubrió que Lucy lo contemplaba a medio pasillo. Toda su dulzura e ingenuidad habían desaparecido.


—Te esperaba el sábado —dijo.


—Perdón, tuve un problema.


Se abrió la puerta del «área para socios distinguidos» y apareció una mujer cargada de películas, tan demacrada que parecía recién salida de un campo de concentración.


—¿Listo, Sonia? —preguntó Lucy.


La mujer asintió temerosa. Ni siquiera volteó hacia donde se encontraba Armando.


—Eso espero. No quiero más decepciones contigo.


—No, Lucy. Te lo prometo.


La mujer parecía a punto de echarse a llorar.


—Mañana, antes de las ocho —dijo Lucy.


—Gracias, Lucy. Gracias…


—Ni un minuto más tarde, ¿entendido?


La mujer salió apurada del videoclub. Lucy se volvió hacia Armando.


—Eres un buen prospecto y no quiero problemas contigo. Pero tienes que respetar las reglas.


Armando se hallaba demasiado confundido para responder.


—Voy a darte una segunda oportunidad. Y como me caes bien, tengo una promoción especial: dos por uno.


—La verdad es que no pensaba rentar.


—¿Vas a despreciarme, corazón?


—No tengo tiempo —dijo Armando.


Y dio vuelta rumbo a la salida.


De regreso a casa no dejó de pensar en la mujer del videoclub. Su manera de decir: «Gracias, Lucy», como si le debiera un favor. Y la forma en que la dueña se había comportado. Ningún estreno, ninguna película, merecía aguantar ese trato.


En la vida regreso a esa mierda, se dijo. Sin embargo, cuando llegó a su departamento se encontró con una bolsa de papel estraza sobre la mesa del comedor. Dentro encontró una película: Sexto sentido 2 y una tarjeta: Videovisión, y un mensaje escrito a mano: «No te enojes, corazón. Son para el viernes».


Armando se quedó contemplando el paquete. Notó que el logotipo del videoclub había cambiado. Al principio no logró identificar qué era. Luego descubrió los colmillos. La boca del espectro estaba llena de pequeños dientes.


—Se preocupa mucho por ti, ¿no? Películas a domicilio, notitas personales.


—Es la dueña del videoclub, tiene como setenta años.


—Eso dices. Pero donde sea una tetona de veinte te las vas a ver conmigo… corazón.


Armando y Norma intercambiaron una mirada. Luego comenzaron a reír.


Era la una de la mañana cuando sonó el teléfono.


—¿Armando? —dijo una voz femenina.


—¿Quién habla?


—Ana Laura.


Armando tardó un instante en reconocer a la secretaria y chismosa oficial de Inmobiliaria Helios.


—Ana Laura, ¿cómo estás?


—Perdón que te despierte. Es José Luis.


—¿Ahora qué hizo ese pendejo?


—José Luis se suicidó hace dos días.


Durante el velorio, Armando no dejó de pensar en su amigo. Se preguntó si ya estaría muerto cuando fue a buscarlo y lo imaginó colgando de la regadera, meciéndose lentamente mientras sonaba el timbre.


—No había nada que pudieras hacer —dijo Norma, tomándolo del brazo—. Nadie podía.


Su esposa recargó la cabeza en su hombro. Armando la abrazó, apretándola contra él. Permanecieron así durante un buen rato.


El viernes llegó como una tabla salvavidas. Armando había pensado pedir unos días de descanso y tratar de reponerse un poco; con el Proyecto Crystal a cuestas era imposible.

Saliendo de su trabajo se encontró con el Director General, quien comentó que su compromiso con la compañía no pasaba desapercibido y le traería dividendos en el futuro. Armando abandonó la oficina pensando que, de momento, el único dividendo que necesitaba era pasar un fin de semana con su esposa e intentar olvidarse de todo.


Esa noche soñó que recorría la colonia Del Valle en busca del videoclub. No sabía por qué, pero tenía que encontrarlo. Recargado en una camioneta se encontraba Mel Gibson. Al verlo, el actor se volvió hacia él y murmuró tristemente: «we’re too old for this hell», antes de que una sombra cayera sobre él y lo envolviera por completo.


—¡Ayúdame! —gritó, solo que ya no era Mel Gibson sino Norma.


Armando intentó correr hacia ella; sus piernas parecían de espagueti. Cayó de rodillas y contempló impotente cómo una boca dentada se abría entre la oscuridad y se cerraba sobre la garganta de su esposa.


—Armando… —gritó Norma—. ¡Armando!


Cuando abrió los ojos se encontró con el rostro angustiado de su esposa, quien lo empujaba

tratando de despertarlo.


—Mi amor, ¿qué tienes?


Tardó unos segundos en desperezarse.


—No mames, soñé horrible. Estaba con Mel Gibson y de pronto aparecía una especie de sombra y tú…


Sus pensamientos se congelaron.


—Las películas —murmuró.


Entre el entierro de Rubiales y la presión en el trabajo, se había olvidado de entregarlas.


Al otro día consideró la posibilidad de no volver al videoclub. No había firmado ningún tipo de pagaré, nada que lo obligara a regresar. Imaginó el rostro de Lucy y se sintió nervioso. Era un miedo irracional que no se relacionaba con nada concreto. Decidió devolver las películas, pagar el recargo correspondiente y darse de baja.


No vio a Lucy por ningún lado, el negocio se encontraba vacío. Armando pensó en dejar las películas sobre la mesa con una nota explicando su decisión. Se dio cuenta de que la puerta contigua, el «área de socios distinguidos», estaba abierta.


—¿Lucy?


Se trataba de una bodega sucia, paredes despostilladas y estantes oxidados, que contrastaba con la decoración del resto del lugar. Las repisas, atiborradas de dvds. Pero a diferencia de las películas exhibidas en el pasillo principal, en vez de portada tenían tiras de masking tape pegadas sobre las cajas negras de plástico, con los títulos escritos con plumón: Adriana Andrade coge con tres vagabundos, Roberto Mendieta se la mama a un judicial, Eugenia Ríos se mete un bat de béisbol. Armando las contempló incrédulo. Entre ellas, una capturó su atención: A José Luis Rubiales le encanta por detrás.


Armando tomó la película y se largó lo más pronto posible del videoclub. Una vez en casa, se alegró de que Norma no hubiera vuelto de la universidad. La película empezaba con dos chavos banda pateando a un tipo en un taller mecánico. Entre ambos levantaban al hombre y lo obligaban a contemplar la cámara. Armando sintió una mano helada sobre su columna cuando reconoció a Rubiales.


Uno de los pandilleros —cabello rojo, peinado mohicano— se desabrochó la bragueta y mostró su pito erecto a la cámara. Su compañero arrancó el pantalón de Rubiales, tomó de una repisa un envase de Roshfrans, el mejor lubricante para su motor, y lo untó en el trasero de José Luis. Rubiales intentó defenderse; una patada en el costado lo dejó fuera de combate. Armando quitó la película justo cuando Mohicano se disponía a montar a su amigo.


—Hijos de la chingada…


Pasó el resto de la tarde en la Delegación Benito Juárez. El agente del Ministerio Público, un tal licenciado Jiménez, tomó su declaración, le entregó una tarjeta y recibió la película como prueba. Quedó de comunicarse en cuanto supiera algo.


Al volver a casa, Armando se extrañó de que Norma no hubiera llegado. No le avisó que tuviera planes y desde hacía rato el celular lo enviaba directo al buzón. Mientras esperaba, se preguntó cómo iba a decirle lo de José Luis.


Media hora después llamaron por teléfono. Era la trabajadora social de Xoco. Cuando

Armado llegó al hospital, encontró a Norma sedada. El doctor le informó que tenía golpes por todo el cuerpo y lesiones graves en la tráquea. Aunque le habían hecho dos lavados estomacales, aún seguía vomitando semen. El doctor dijo que nunca había visto un caso semejante.


Armando se quedó largo rato contemplando a su esposa. Los ojos y mejillas hinchados, un tubo enorme conectado a la garganta. Después buscó el teléfono del licenciado Jiménez.


—Licenciado, atacaron a mi esposa, tienen que hacer algo.


—¿Quién habla?


—Armando… Armando Vélez. Hablé con usted en la tarde.


—El del dvd, ¿verdad?


—Tienen que detenerlos. Mi esposa…


—Mire, señor Vélez, la investigación está abierta, pero déjeme decirle una cosa: no tenía nada.


—¿Qué?


—El disco que nos entregó estaba en blanco.


—Pero yo lo vi…


Silencio al otro lado de la línea.


—Entonces ¿qué van a hacer?


—Lo que procede es turnar el caso al juez para que gire una orden y se abra la investigación. Una vez finalizado el peritaje preliminar…


Armando colgó el teléfono.


Pasaban de la una cuando llegó a Videovisión. No le extrañó que el lugar se encontrara abierto. Me está esperando, pensó. Con el bastón de seguridad de su vehículo como arma, salió del auto y se dirigió al videoclub.


Lucy revisaba unos contratos detrás de su escritorio.


—Me decepcionaste, corazón —dijo sin levantar la vista de los documentos.


Ciego de rabia, Armando corrió hacia ella. La mujer ni siquiera intentó defenderse. El metal se estrelló contra su cabeza; Lucy no pareció sentirlo. Volteó hacia Armando y sonrió mostrando sus dientes manchados de nicotina.


—Tienes que obedecer las reglas —dijo.


—¿Quién eres, cabrona?


Volvió a golpear. Esta vez el bastón se estrelló directo en la mandíbula de Lucy; un chorro de sangre coagulada salió disparado. Aún así, la mujer siguió sonriendo.


—¿Quién eres?

Armando se preparó para atacar de nuevo. Se detuvo al escuchar un sonido frente a él. El cartel con el espectro y la leyenda: Los retardos los cobramos carísimo, había aumentado de tamaño, ocupaba toda la pared. Y se movía. El espectro se había convertido en un demonio de piel negra y dientes como cuchillos.


Armando retrocedió asustado. El cartel comenzó a desgarrarse y una zarpa se abrió paso a través de la superficie.


—Tenemos un contrato —dijo Lucy, al tiempo que un coágulo escurría de su boca y quedaba colgando de su barbilla.


Esto no está pasando, pensó Armando. No puede ser.


Un aullido retumbó en el videoclub.


Sin pensar en lo que hacía, Armando corrió hacia la salida. Cruzó la calle y se dirigió a su

automóvil. Su mente era un revoltijo de ideas incoherentes.


Cálmate, cabrón, pensó mientras intentaba abrir el vehículo. Cálmate…


Una sombra lo oscureció todo. Armando volteó esperando encontrarse con unas fauces enormes, llenas de dientes, dispuestas a devorarlo. En vez de ello descubrió un paquete sobre el piso. En la superficie se leía: Videovisión. Debajo, escrito a mano: «Lunes antes de las ocho. Nunca más vuelvas a decepcionarme, corazón».


Pasó el domingo en el hospital, cuidando a su esposa. Sus suegros también estaban ahí. Ver a los papás de Norma llorando como niños era más de lo que podía soportar.


Vio las películas durante la madrugada. Antes pasó más de dos horas contemplando el reproductor, tratando de juntar fuerzas para hacerlo. Los títulos: A Gaby Domínguez le taladran los pezones, Julio Barragán pierde un testículo y, marcado con una etiqueta de «estreno especial»: Norma Aguilar se lo traga todo.


Por la mañana avisó en el trabajo que iba a faltar unos días. Visitó a su esposa en el hospital y estuvo la mayor parte del día con ella. Aunque Norma seguía con tranquilizantes, lo peor había pasado. Según el doctor, su recuperación era cosa de tiempo.


—Sí, claro, tiempo —musitó Armando, sin despegar la vista de su esposa. Recordó que iba siendo hora de entregar las películas.


Tomó sus cosas y se dirigió hacia el estacionamiento. Si se apuraba, estaría en el videclub en menos de cuarenta minutos. Apenas iban a dar las cinco de la tarde, pero no deseaba llegar tarde por nada del mundo.

Ernesto Murguía, 2018